Nuestro mundo representado, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: radiomitre.cienradios.com

Eduardo Celaya 20/03/2021   12:58 p. m. Opinion-






Decidir con la tripa

 

Hace un par de semanas llegó a mis manos el disco conmemorativo por el concierto del 25 Aniversario de The Legend of Zelda. Este disco rescata la música de la saga de videojuegos, con arreglos para orquesta, que conocimos por medio de una gira hace ya 10 años. Recuerdo muy bien que fui a ese concierto en el Auditorio Nacional, porque mi hermano me regaló el boleto. Evidentemente, este disco me trajo tan gratos recuerdos, tantas alegrías, que guarda un lugar especial en mi colección musical, y desde el día que pude recuperar ese disco, hasta hoy, lo pongo casi diario, para elevarme el ánimo y sentirme un poco mejor en el encierro.




Este disco, tal vez para ustedes, mis estimados lectores, no tenga la misma importancia que para mí, pues más allá del producto, o del consumismo que Nintendo maneja de forma tan efectiva, esta música tiene una dimensión emocional, lo que le da un valor muy alto para mí, que seguramente los demás no compartirán. Como seres humanos, tenemos dos dimensiones muy importantes que nos gobiernan en nuestro día a día: lo racional y lo emocional. No somos robots, no somos autómatas ni máquinas de producir riqueza, por eso necesitamos tiempo de esparcimiento, de convivencia familiar, de juego, diversión y entretenimiento. Las dos dimensiones, racional y emocional, están en constante lucha y equilibrio en nuestras acciones, por más que queramos dejar de lado alguna de las dos.

Por ahí del siglo XVI el mundo occidental conoció a uno de los más influyentes filósofos racionalistas que hayan existido. René Descartes, padre de la filosofía moderna, describió, entre muchas otras cosas, el método científico, que se basa en la observación, experimentación y definición de teorías y leyes, basándose en la racionalidad humana, más que en revelaciones divinas o experiencias personales. Su método ayudó a dar forma a la Modernidad como la conocemos, sobre todo con su aspecto científico, pero también provocó, a la larga, una profunda división de las dos dimensiones humanas. Si lo científico es aquello que se puede medir, experimentar y observar, evidentemente lo emocional, subjetivo e individual no tiene valor para el saber racional occidental. El conocimiento se dividió en dos: el mundo natural, propio de las ciencias exactas, y lo demás, entiéndase las ciencias sociales y las humanidades.

 

La construcción del conocimiento siempre ha tenido cierto discurso,
dependiendo de lo que se busca conocer.
Fuente: psicologia-online.com

 

Las consecuencias directas de esta herencia cartesiana, además de obligar a las ciencias sociales y humanidades a buscar reivindicarse y ser aceptadas como ciencias (es decir, mecanismos metódicos de búsqueda de conocimiento), nos ha llevado a la idea de que lo racional es valioso; por tanto, lo emocional estorba, y hay que ignorarlo. Se llegó incluso al extremo absurdo de decir que los varones somos racionales y las mujeres emocionales, razón suficiente para evitar que las mujeres tomen decisiones políticas, que mejor se queden en casa a dar amor a los hijos y sustenten los valores morales en la familia. De este tema no hablaré más en este texto, pues no es la idea central, pero vale la pena pensar en ello. El asunto es que las emociones, por lo tanto, han adquirido un matiz negativo, que desvía la atención de lo importante, de lo medible, productivo y moderno. La razón ocupó una posición central en la vida pública; las emociones, en la privada.

A lo largo del siglo XX, sin embargo, se dio una revolución epistemológica, al tomar de nuevo en cuenta las emociones para la vida cotidiana, no solo para la familiar. Gracias a los descubrimientos y esquematizaciones de científicos como Freud o Lacan, hemos hecho consciencia poco a poco de que las emociones ocupan un lugar central en la toma de decisiones, desde las más sencillas, hasta las más complejas. Todo parecía ir bien, hasta que Edward Bernays, yerno de Freud, utilizó las teorías psicoanalíticas, no para ayudar al desarrollo humano o social, sino para vender. Bernays, un personaje poco conocido en la historia mundial, es el creador de lo que hoy conocemos como relaciones públicas, nombre que se le dio a esta nueva disciplina por no llamarla propaganda, término con una fuerte connotación negativa, ya que lo usaban los nazis, bajo la dirección de Joseph Goebbels. Es decir, sí rescatamos la doble dimensión humana, pero lo hicimos para apoyar el consumismo y la supuesta mano invisible del mercado: las emociones se usaron para vender más productos.

Hoy en día, las neurociencias son una disciplina importantísima para la creación de mensajes. En la maestría que terminé hace poco, tuve una de las mejores clases a cargo de Carlos Mercader, a quien admiro de una forma indescriptible. Nos hizo ver, a mis compañeros y a mí, la importancia del conocimiento y control de las emociones en la creación y diseño de mensajes, pero también en la vida personal. Incluso nos mandó a ver Intensamente, esa película de monitos que no se me antojaba para nada, pero que después de verla con la perspectiva de la materia, demostró ser un texto indispensable para entender la importancia de las emociones en la vida humana.

Mercader nos dijo, en repetidas ocasiones, que más del 95% (más o menos) de las decisiones humanas son totalmente emocionales. Decidimos con la tripa, con el intestino o con los órganos sexuales la mayoría de las veces. Esto es normal, pues las emociones nos guían sobre qué nos conviene o satisface más, ya sea buscando la felicidad, mitigar el enojo, la tristeza, el desagrado o el miedo. Sin embargo, el gran problema de la Modernidad es que, como nos hemos empeñado tanto en negar la importancia de las emociones, no nos damos cuenta de su influencia en nuestras decisiones. Creemos tomar elecciones racionales, cuando en realidad estamos dominados por el enojo, la venganza o el miedo, sea a lo que sea. Una vez que el influjo de las emociones cede, cuando nos calmamos un poco, las decisiones ya fueron tomadas, pero nuestro ego nos impide racionalizar que nos equivocamos, porque nos controló algo que ni sabemos que tenemos, precisamente las emociones.

 

Los estudios de neurociencias han cobrado mayor importancia en años recientes.
Fuente: escueladeexperiencias.com

 

Siempre que doy alguna clase de comunicación, sea cual sea la materia, me gusta hacer esta alegoría: las emociones son como el Windows 10; todos lo traemos instalado de fábrica, pero muy pocos en realidad saben usarlo. Las emociones, sean las 5 que se retratan en la película de Pixar, sea incluida la emoción de la sorpresa, como algunos neurocientíficos sostienen, forman parte de nuestra naturaleza humana, y negarlas lo único que provoca es que eventualmente nos dominen. Y de aquí parte otra de las falacias que existen sobre la naturaleza dual del ser humano, que existen emociones negativas y positivas. Que hay que buscar siempre la felicidad, pero evitar el enojo, el miedo, el desagrado o la tristeza. Las emociones no tienen categoría moral, son simplemente parte de nuestro mismo ser, pero si las negamos, las ignoramos y las categorizamos como indeseables, eventualmente aparecerán en nuestras decisiones para echar todo a perder. Es como si quisiéramos usar una computadora con un cierto sistema operativo, sin siquiera conocer cómo funciona, y obtener resultados desastrosos. Por consecuencia, culpamos al sistema operativo, cuando en realidad los que cometemos el error somos nosotros, por no tomarnos el tiempo para aprender a usar Windows 10.

¿Cuántas de las decisiones que tomamos día a día, que nos afectan de forma individual o colectiva, son totalmente emocionales? ¿Cuántas veces hemos racionalizado sobre qué es lo que siento respecto a lo que pasa en la vida, para entender qué tipo de reacción emocional estoy teniendo, para poder controlarla? La razón, por sí sola, no puede guiarnos de forma eficiente a lo largo de la vida. Las emociones tampoco, pues son apenas una de las dos caras de la moneda. Una persona íntegra, confiable y estable conoce y controla sus emociones, así como sus conocimientos y razonamientos. No por nada, Aristóteles en su tratado sobre la retórica, habla del pathos y el logos de forma igual, uno enfocado en la emoción, el otro en la razón. Pretender separar una parte fundamental de nuestras decisiones es tan absurdo como querer crear autómatas que no se cansan, no necesitan esparcimiento y no requieren más que lo básico para producir, algo así como fabricar una naranja mecánica. Recuperemos nuestra humanidad, abracemos nuestras emociones, y hagamos las pases con su importancia. Les aseguro que seremos más racionales en el momento que aceptemos la importancia de la emoción.

 

Recomendación de la semana: En 2005 se estrenó en la BBC de Londres el documental El siglo del yo, de Adam Curtis, que analiza el uso de la teoría psicoanalista en la mercadotecnia, la publicidad, la propaganda y la política. Sin duda, es un documento digno de conocerse y analizarse, para comprender qué tan emocionales realmente somos.



Eduardo Celaya

Actor y director teatral, dramaturgo, comunicólogo e historiador. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos históricos.

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