En mi humilde opinión, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: knowyourmeme.com

Eduardo Celaya 05/01/2021   04:35 p. m. Opinion-






Sálvese quien pueda

 

Paréceme que es evidente que estamos cruzando una de las crisis humanitarias, de salud y económicas más graves de los últimos tiempos. Pero no solamente enfrentamos esta coyuntura, sino que tenemos un grave problema cultural, en el que los llamados ideales con los que estamos acostumbrados a vivir han demostrado ser completamente ficticios, parte de un discurso progresista que comenzó a derrumbarse por ahí de 1945.




Los símbolos son una de las fuerzas más grandes con las que contamos para permitir la sociabilidad. Si bien los símbolos son construcciones sociales, son completamente necesarios para podernos entender y comunicar, pues un símbolo cuenta con una fuerte carga cultural que nos permite nombrar una cosa por medio de otra. De aquí que al ver una luz roja, si pertenecemos a cierta cultura, entendamos que hay que hacer un alto; o que al escuchar cierto tipo de sirena, sepamos que hay que abrir el paso para una ambulancia. Los símbolos, por más que sean convenciones, nos ayudan a ponernos de acuerdo, sin que tengamos que asistir a una asamblea para ponernos de acuerdo qué significa tal estímulo. Los símbolos se transmiten por medio de la educación, el entretenimiento y la vida cotidiana.

Sin embargo, los símbolos son mutables, tienen una dimensión histórica y cultural muy particular, pues van cambiando su significado al paso del tiempo. Una swastika no tuvo el mismo significado antes y después del ascenso del Tercer Reich, como tampoco lo tuvo una arroba antes de la irrupción de la cultura digital. Es normal que los símbolos cambien, es parte de su misma naturaleza, pues los seres humanos, en sociedad, somos quienes hacemos uso de ellos; y si las sociedades cambian, con mayor razón los lenguajes con los que nos comunicamos.

Esta introducción me sirve para hablar de uno de los símbolos que han cambiado su significado en las últimas generaciones, pero que seguimos tratando de leer con el mismo significado que en el siglo XIX. El concepto de nación es uno de los fundamentos de la vida moderna, junto con la democracia, la soberanía del pueblo y el poder del libre mercado, entre muchos otros. El concepto de nación tiene un origen muy ubicable, durante el nacimiento de la Modernidad europea, por ahí entre los siglos XVI al XIX. Tras la caída del feudalismo como sistema económico y social, los reinos se vieron en la necesidad de crear símbolos que propiciaran la unidad del pueblo a un ideal, es decir, un concepto modelo de lo que debería ser. En épocas anteriores este ideal unificador fue la religión, específicamente por medio de la idea del pueblo de Dios, conocedor de los evangelios y la Revelación. Tras la Reforma Protestante, movimiento ideológico que abrió al pueblo la posibilidad de acercarse a la Biblia por ellos mismos, y no por medio de la doctrina de la jerarquía eclesiástica, muchos de los ideales en que se fundamentaba la sociedad feudal se vinieron abajo: el derecho divino del Monarca, el poder de los sacerdotes de anteceder ante la divinidad, entre otros.

 

Fuente: juanangelesrebolledo.blogspot.com

 

La idea de nación surge como este símbolo unificador que ayudaría al progreso de los pueblos, y hasta aquí todo bien. Los grandes reinos europeos occidentales se unificaron bajo este nuevo concepto, en la idea ya sea de un rey, un canciller, un primer ministro, una cámara legislativa, o sea cual fuere el régimen político que hubieran elegido. Naciones de reciente unificación, como Alemania e Italia, necesitaron mayores esfuerzos para crear este concepto de nación, pero en general siempre se utilizaron los mismos recursos: símbolos nacionales, historias de héroes cuasi-míticos, himnos, reconocimiento del pueblo como uno, diferenciándose de los demás pueblos, y una herencia cultural que legitimaba a la nación como superior ante las demás. Para no hacer el cuento largo, se utilizaron historias como el pasado glorioso de Roma, la herencia cristiana heredada por medio de la Iglesia Católica, las ideas de vocación y ascetismo intramundano, el rescate de la humanidad de las garras de la herejía, el poderío militar y económico, entre muchas, muchas otras ideas.

En nuestro país, México, este auge de la idea de nación se da hasta el siglo XIX, por obvias razones. Tras la revolución de Independencia y la necesidad de crear una identidad particular, diferente al de los novohispanos, o de los demás pueblos latinoamericanos, la cultura mexicana giró en torno a los grandes héroes nacionales. De aquí surge que figuras como Hidalgo, Allende, Morelos, entre otros, fueron casi elevados a los altares, pero los de la nación, para crear este sentimiento de unidad y visión a futuro en el pueblo tan atomizado que la guerra de Independencia había dejado a su paso. Más evidente era la necesidad de este esfuerzo si tomamos en cuenta que aquellos que consumaron la separación del reino de España eran justamente aquellos que, poco antes, habían luchado contra los insurgentes, pero eso es tema de otra reflexión. La idea de nación mexicana se creó con base en los ideales de igualdad de oportunidades, de libertad, hermandad, desarrollo económico y rescate de las raíces más profundas, aunque tampoco tan profundas. Lo malo es que el siglo XIX mexicano fue sumamente convulso: guerra tras guerra, revoluciones regionales, traiciones y planes para derrocar a los gobernantes eran los elementos comunes a lo largo de todo el siglo. No por nada, este belicoso siglo culminó con una de las guerras más sangrientas de nuestra historia, la mal llamada Revolución Mexicana.

 


Fuente: impulsoedomex.com.mx

 

Los ideales que se promulgaron como fundadores del nuevo México, el del siglo XX, iban más o menos por la misma línea: héroes de bronce, enemigos invasores que anhelaban destruir nuestra nación, hermandad, igualdad de oportunidades y demás. Un rápido repaso por la historia política mexicana del XX basta para darse cuenta que estos ideales no se han cumplido ni por asomo. Tras salir de la llamada dictadura perfecta, y un interregno derechista bastante cuestionable, regresamos al mismo régimen político del que, supuestamente, estábamos hartos. Y evidentemente, el pueblo mexicano, al que se le han prometido muchas cosas, como por ejemplo, administrar la abundancia, o la defensa del peso como un perro, vemos día a día que esas promesas están cada vez más lejos de cumplirse. Algo así como cuando en el trabajo nos prometen un aumento si nos quedamos a sacar el proyecto urgente, y llegada la fecha, se nos dice que por ahora no hay recursos para un aumento, pero gracias por ponerte la camiseta.

Pues sí, la camiseta de México la traíamos bien puesta, haciendo honores a la bandera todos los lunes, emocionándonos cada 16 de septiembre o 20 de noviembre, aplaudiendo el cortejo del Presidente el día del informe o yendo a votar el día de las elecciones. Pero al momento de llegar a cobrar nuestras ganancias por tanto desvelo y esfuerzo, la nación, ese concepto, ese ideal, ese símbolo por el que nos han pedido derramar nuestra sangre por defenderlo, nos dice que ahorita no, que a ver si para el próximo sexenio hay recursos para un ascenso de calidad de vida. Y lo sé, suena excesivamente derrotista este punto de vista, casi como si no hubiera nada más que hacer. Pero he aquí mi propuesta: ¿y si cambiamos la forma de ver el concepto de nación, y le damos una nueva significación, más acorde con los tiempos que vivimos no solo a nivel nacional, sino global? ¿Y si dejamos de esperar que el gobierno en turno nos rescate de los horrores del anterior? ¿Y si dejamos de extender la mano y sufrir cual víctima de melodrama televisivo ante nuestras desgracias, y nos convertimos en verdaderos ciudadanos, en vez de súbditos obedientes? A fin de cuenta, los dos breves imperios mexicanos terminaron hace mucho, y la herencia feudalista que tenemos tras la Colonia queda muy atrás, como para seguir esperando una redención bajada del cielo, por medio de alguien con derecho divino, o derecho de elección popular, o como se le quiera ver.

Sálvese quien pueda, parece ser el grito de guerra con el que nos despertamos cada día desde hace un par de décadas. En vez de una nación unificada, nos encontramos sumamente atomizados por ideales y conceptos que nos negamos a cambiar, porque nos son cómodos. Democracia, liberalismo, mercado son palabras que seguiremos escuchando por mucho tiempo, pero el cambio de significado es algo que se realiza a nivel personal, para llegar al nivel social y cultural en el futuro. Porque eso sí, pretendemos hacer que los demás dejen de pensar como lo hacen, y que se acomoden a nuestros ideales, pero ¡ay de aquel que quiera discutir conmigo!, con argumentos o no, por cambiar mi forma de ver el mundo.

Para complementar sobre el concepto de nación, específicamente en el caso latinoamericano, recomiendo la lectura de Comunidades imaginadas, de Benedict Anderson.



Eduardo Celaya

Actor y director teatral, dramaturgo, comunicólogo e historiador. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos históricos.

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