Los bárbaros defensores de Puebla



Foto: webadictos.com

Iván Lópezgallo 17/05/2018   12:00 a. m. Cultura-De todo un poco






 

En Estudio en Escarlata, Sherlock Holmes menciona que el cerebro es como una pequeña habitación que se va llenando con las cosas que aprendemos a lo largo del tiempo, por lo que “llega un momento en que cada conocimiento nuevo que se agrega supone el olvido de algo que ya se conocía[i].




De similar forma trabaja nuestra memoria, ya que no alcanza a retener todas las cosas que suceden en nuestras vidas. Y como es selectiva –y hasta podríamos decir que caprichosa–, ignora todo aquello que puede parecerle intrascendente o poco significativo… sin reflexionar en la importancia que podría tener.

Esto aplicar también para las naciones, ya que suelen recordar los triunfos gloriosos y los descalabros más dolorosos –claro, si no resultan contrarios o poco redituables al gobierno en turno–.

Y si no me creen, basta recordar que nuestra máxima fiesta nacional conmemora al 15 de septiembre de 1810 como el día de la Independencia… aunque fue el 27 de septiembre de 1821 cuando el Ejército Trigarante entró triunfante en la Ciudad de México, promulgándose el Acta de Independencia un día después.

 

 Iturbide y el Ejército Trigarante durante su entrada a la Ciudad de México. Foto: independenciademexico.com.mx

 

 

Entonces, ¿por qué festejamos el momento en que Miguel Hidalgo llamó a la insurrección –que dicho sea de paso no fue 15, sino la madrugada del 16–, y no la consumación de la lucha?

La respuesta es muy sencilla: porque quien logró la independencia fue Agustín de Iturbide, uno de los villanos favoritos de nuestra historia oficial por hacerse coronar emperador poco después.

Así, buscando borrar toda referencia a Iturbide y su imperio, los gobiernos republicanos decidieron festejar el inicio la lucha y no su consumación –algo que comenzaron a hacer las fuerzas de José María Morelos, quien en los Sentimientos de la Nación pidió que “se solemnice el día 16 de septiembre [de] todos los años, como el día aniversario el que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa libertad comenzó[ii]–.

 

Junto a los festejos por la independencia destacan los del 5 de mayo, día en que las fuerzas mexicanas vencieron a las francesas en Puebla. Suceso importantísimo que es considerado por muchos como la primera victoria de un ejército nacional frente tropas extranjeras... aunque olvidan que en 1829 se derrotó a la expedición que buscaba reconquistar lo que un día fue la Nueva España.

Algo lógico –el olvido– si consideramos que quien se llevó la gloria por esa victoria fue un sujeto de infausta memoria: Antonio López de Santa Anna.

 

 Antonio López de Santa Anna, retratado en su época de presidente y benemérito de la patria. Foto: gettyimages.com

 

 

Entre nuestros descalabros entrañables sobresale la guerra contra los Estados Unidos, conflicto en el que Santa Anna –como en la pérdida de Texas años atrás– jugó un papel estelar y culminó con la pérdida de más de la mitad del territorio nacional; causando, además, un gran pesimismo sobre el futuro de nuestro país.

Esto porque de 1821 a 1847, año en que se consumó la derrota frente a los norteamericanos, México sufrió tres intervenciones extranjeras y una serie interminable de cuartelazos, golpes de estado y revoluciones que hundieron al país en la miseria, la inseguridad y la parálisis económica.

Parecía que no habría forma de salir adelante.

 

La bandera de los Estados Unidos ondea en Palacio Nacional. Litografía de Carl Nebel. Foto: revistabicentenario.com.mx 

                                            

 

La derrota nos dejó varias enseñanzas, siendo una de ellas el convencimiento de que era necesario fomentar el sentimiento de nación –el amor a México, en otras palabras–, así que se editaron varios libros que resaltaban a los personajes y costumbres del país –como Los mexicanos pintados por sí mismos–; pero en lo político todo siguió igual:

Santa Anna, que salió de México tras la debacle ante los gringos, regresó poco después y volvió a tomar la presidencia... hasta que una nueva revolución lo expulsó una vez más, y esta vez para siempre.

Luego se promulgó la Constitución liberal de 1857 y, meses después, el presidente Comonfort le hizo caso a su mamá –según dicen por ahí– y decidió desconocerla, dizque porque no se podía gobernar con ella.

Así empezó la Guerra de Reforma, sangrienta lucha en la que los liberales derrotaron a los conservadores, quienes muy pronto se sumaron –en un gran número, auque no todos– al proyecto del emperador Napoleón III, quien pensaba imponer a un emperador extranjero y convertir a México en un protectorado francés que le hiciera contrapeso a los Estados Unidos.

    

Se venció a lo primeros soldados del mundo. Foto: novedadesdetabasco.com.mx

 

 

Con este objetivo los franceses desembarcaron y se internaron en México... hasta que el 5 de mayo de 1862 salieron literalmente corriendo de Puebla, por lo que el general Ignacio Zaragoza le mandó decir al presidente Juárez que las armas nacionales se habían cubierto de gloria.

Y hubo fiestas, discursos y proclamas.

Y el gobierno entregó medallas y homenajeo a los triunfadores.

Y se escribieron canciones y poemas que exaltaban la victoria.

Y se hicieron planes para continuar con la resistencia, ya que todo mundo sabía que los invasores volverían a la carga.

Y el optimismo flotaba en el aire… hasta que al general Zaragoza se le ocurrió morirse de tifo cuatro meses después.

 

 Telegrama que informa el fallecimiento de Zaragoza. Foto: biblioteca.tv 

 

 

Tras la muerte de Ignacio Zaragoza, el Ejército de Oriente y la defensa de Puebla quedaron en manos del general Jesús González Ortega, quien se hizo célebre por derrotar a los conservadores en Calpulalpan y poner fin a la Guerra de Reforma.

Pero si la elección de González Ortega resultó natural, el nombramiento de Ignacio Comonfort –el mismo que provocó la Guerra de Reforma– como jefe del Ejército del Centro provocó enojos y reclamos y “fue discutido acaloradamente en el gabinete de Juárez, lo cual originó que Manuel Doblado, entonces ministro de Relaciones, abandonara su puesto como muestra de inconformidad ante dicha decisión. Pero este regreso no solo inquietó a los políticos de la época, sino también a muchos militares en servicio[iii].

Sin embargo, las protestas, las renuncias y la animadversión que generó su designación no evitaron que Comonfort tomara el mando del Ejército del Centro y hostilizara a los invasores… hasta que sus tropas fueron sorprendidas y despedazadas mientras descansaban en San Lorenzo el 8 de mayo de 1863.

Casi dos meses antes, el 16 de marzo para ser exactos, los franceses y sus aliados conservadores se plantaron frente a Puebla. 

Fue el inicio de un sitio que duró 62 días y dejó miles de muertos, la rendición del Ejército de Oriente y la captura de los militares más importantes de la República, entre quienes podemos mencionar a Jesús González Ortega, Mariano Escobedo, Porfirio Díaz, Felipe Berriozábal, Epitacio Huerta e Ignacio de la Llave.

 

 Se peleó calle por calle. Foto: pinterest.es

 

 

Sin embargo, pese a la derrota, el sitio de Puebla es uno de los acontecimientos más gloriosos de la historia de México, ya que durante dos meses casi 24 mil mexicanos –muchos de ellos con una escasa o prácticamente nula preparación militar– se enfrentaron a más de 26 mil soldados franceses y conservadores que los superaban en experiencia y armamento.

A pesar de la desventaja, y tras 60 días de una encarnizada lucha calle por calle, casa por casa y metro por metro, los invasores solo habían podido tomar el fuerte de San Javier, mientras que “La Misericordia, Los Remedios, El Carmen, Santa Anita, Loreto, Guadalupe [y] El Señor de los Trabajos, acribillados, humeantes, empapados de sangre, estaban en pie y en manos mexicanas[iv].

 

La resistencia fue feroz. Foto: pinterest.es 

 

 

El sitio dejó muchos testimonios en los que el desprecio a los invasores era evidente. Uno de ellos menciona que “había una mujer en Puebla que desde una ventana hacía ostentación de su nalgatorio ante una trinchera de muchachos franceses, hasta que uno le soltó un tiro[v].

Y ni que decir de los que tienen como protagonistas al valor y patriotismo de los defensores. Varios se los debemos al general Francisco Troncoso, quien apuntó en su diario que durante la defensa del fuerte de San Javier, ubicado en la Penitenciaria poblana, los mexicanos hacían “todos sus esfuerzos para contener al enemigo, mientras llegaban las reservas. Poco se tiraba y se jugaban solo las bayonetas; se peleaba con furor, y los jefes y oficiales mexicanos tomaban fusiles de los caídos y se batían también al arma blanca.

 Los franceses penetran en los patios y en las horadaciones, revueltos con los nuestros, en cada paso de un patio a otro, se hacen nuevos esfuerzos para detenerlos, perdiendo siempre mucha gente; pero, a pesar de prodigios de valor y sacrificio, el enemigo no se detiene y llega hasta el primer patio. La pequeña reserva del 2º y del 6º hace un nuevo esfuerzo y logra arrojarlos hasta el segundo patio, pero vuelve a retroceder después de pérdidas enormes por una u otra parte.

 Las reservas no llegaban, y puede decirse que no solo el fuerte, sino aún los edificios están perdidos, pues ya comienza la guarnición a salir para la plazuela del Paseo. En ese momento se oye un fuego muy sostenido en el primer patio, y los franceses hacen alto, retrocediendo muchos al segundo. Era que el teniente coronel Rosado, al retroceder, se había subido a los altos del edificio con unos 200 hombres, y acordándose que hasta el grado de Comandante había sido de artillería, se llevó un obús de montaña que situó en la escalera. Desde los altos comenzó un fuego vivísimo sobre los enemigos que llenaban el patio, quienes se arrojaron en gran número sobre la escalera, pero se les hizo un fuego nutrido a quemarropa y se disparó el obús, [por lo que] sufren grandes bajas y se retiran, vuelven a cargar por dos veces, y son nuevamente rechazados[vi].

 

 Ataque al fuerte de San Javier. Foto: pinterest.es

 

 

Sin embargo, a pesar del esfuerzo de los defensores, la penitenciaría cayó en manos de los franceses, por lo que, según registró Troncoso en su diario, “un capitán de zuavos, llamado Gilard, se adelanta al centro del primer patio y propone al teniente coronel Rosado, a nombre del general Douay, que se rinda puesto que ya no había otra resistencia en el fuerte. Como ya se le habían agotado las municiones, Rosado dijo a Gilard que avanzara hasta el primer tramo de la escalera, para tratar. Allí bajó Rosado con su pistola en la mano y dijo a Gilard:

 –Para comenzar, hágame usted el favor de envainar su espada.

 –Bien –respondió Gilard–, pero usted guarde su pistola.

 Así se hizo. Gilard dijo a Rosado que ya era inútil la defensa; que todo el fuerte, inclusive los edificios, estaban en poder de los franceses, y que al rendirse se les trataría con las consideraciones debidas”[vii]. Después, anotó Troncoso, “subieron a los altos, allí reunió Rosado a los 130 hombres que sobraban de los 200, y dijo a esos oficiales franceses:

–Van a ver ustedes por qué me he rendido.

Y mandó a sus soldados abrir y presentar sus cartucheras. Pasaron revista, y solo se encontró un cartucho en cada una, que Rosado había mandado reservar[viii].

  El Fuerte de San Javier tras el sitio. Foto: poblanerias.com

 

 

De acuerdo con el general Élie Frédéric Forey, general en jefe del ejército francés, entre los fuertes de San Javier y Santa Inés –que logró resistir los ataques sin caer en manos de los franceses– se dispararon más obuses que en la ciudad de Sebastopol, durante la Guerra de Crimea. “Así lo dice Forey. No lo dice un mexicano, lo dice un francés”, puntualizó en entrevista el cronista e historiador Pedro Ángel Palou Pérez, quien considera que la defensa de estos fuertes son los acontecimientos más heroicos del sitio de Puebla, “independientemente de lo que pasó en la ciudad con la falta de agua potable, alimentos y medicinas… y del drama que vivió la población civil”.

 

  Puebla en los días del sitio. Foto: pinterest.es

 

 

Fue tan dura, temeraria y esforzada la defensa de Puebla que el mismo Forey le mandó decir a González Ortega que lo que estaba haciendo era:

 “Una cosa inusitada y hasta cierto punto bárbara y reprobada por la civilización moderna, pues los edificios y casas de la ciudad están convirtiéndose en cenizas y escombros por su tenacidad[…] en Europa se acostumbra según la práctica establecida en los sitios modernos, tan luego como se rompe la línea anterior de la plaza, entrar los defensores en ella en pláticas con los sitiadores y arreglar una capitulación honrosa[ix].

 Al final la ciudad se rindió. Y no por el mensaje de Forey, sino por la falta de municiones, agua y alimentos. Llegó a ser tan desesperada la situación, que “las madres de familia llegaban con sus hijos a la casa de González Ortega para pedirle algo de comer o un salvoconducto para abandonar la ciudad”, recordó el recientemente fallecido cronista poblano Pedro Ángel Palou Pérez (EPD).

 

La calle de Pitimí tras la rendición. Foto:  puebladx.org  

 

 

Sin embargo, a pesar de lo desesperado de su situación, los defensores estaban decididos a llegar hasta el final… pero la derrota de Comonfort y su Ejército del Centro terminó con cualquier posibilidad de recibir ayuda del exterior y el general González Ortega ordenó destruir todo el material de guerra, por lo que, de acuerdo con el maestro Palou Pérez, “se hicieron volar los depósitos de pólvora existentes, estrellaron los obuses, los cañones quedaron clavados con las curañas aserradas, rotas las armas, incineradas las banderas, quedó disuelta la tropa[x].

Además, González Ortega dio instrucciones de que a las cinco y media de la mañana del 17 de mayo “se tocará parlamento y se izará una bandera blanca en cada uno de los fuertes y en cada una de las manzanas y calles que dan frente a las manzanas y calles que ocupa en enemigo[xi].

Noventa minutos antes de la hora señalada en sus órdenes, González Ortega escribió a Forey:

Señor general: no siéndome ya posible seguir defendiendo esta plaza por falta de municiones y víveres, he disuelto el ejército que estaba a mis órdenes y roto su armamento, incluso toda la artillería.

Queda, pues, la plaza a la órdenes de V.E., y puede mandarla ocupar, tomando, si lo estima conveniente, las medidas que dicta la prudencia para evitar los males que traería consigo una ocupación violenta cuando ya no hay motivo para ello.

 El cuadro de generales, jefes y oficiales de que se compone este ejército, se halla en el Palacio de Gobierno, y los individuos que lo forman, se entregan como prisioneros de guerra. No puedo, señor general, seguir defendiéndome por más tiempo, si pudiera, no dude V.E. que lo haría[xii].

 

Franceses acampando en la plaza de armas de Puebla. Foto: pinterest.es

 

 

Tras el sitio los franceses tomaron prisioneros a más de diez mil hambrientos soldados y cerca de mil quinientos generales, jefes y oficiales a quienes se ofreció dejar en libertad si firmaban un documento que decía así: 

"Los que abajo firmamos, oficiales mexicanos hechos prisioneros, nos comprometemos, bajo nuestra palabra de honor, a no salir de los límites de la residencia que nos estará asignada, a no mezclarnos en nada por escrito o por actos, en los hechos de guerra o de política, por todo el tiempo que permaneceremos prisioneros de guerra y a no corresponder con nuestras familias y amigos sin el previo consentimiento de la autoridad francesa[xiii].

Proposición que fue desechada con indignación por los militares mexicanos, quienes contestaron que no firmarían, “tanto porque las leyes de su país les prohíben contraer compromiso alguno que menoscabe la dignidad del honor militar, como porque se lo prohíben sus convicciones y opiniones particulares[xiv].

Por lo que a los pocos días fueron enviados a Francia. El destierro sería el premio a su patriotismo.

De acuerdo con el general Agustín Alcérreca, quien en esa época era coronel y también cayó prisionero, el 20 de mayo salieron rumbo a Veracruz mil 466 generales, jefes y oficiales, escapándose muchos de ellos durante el camino. En su diario, Alcérreca registró que unas señoritas veracruzanas apellidadas Zamora “disfrazaron con capas y sombreros a los generales Ignacio de la Llave, tío suyo; al general González Ortega, al general Alejandro García y otros jefes que asidos del brazo burlaron la vigilancia de nuestros guardianes y se fugaron[xv]; mientras que otros lograron escapar gracias a que eran bastante morenos y “los disfrazó su color natural y la sombra de la noche[xvi].

 

Teniente coronel Francisco P. Troncoso, fotografiado en Francia. Foto: pinterest.es

 

 

De acuerdo con Alcérreca, al final solo fueron embarcados rumbo al viejo continente 54 generales y coroneles, además de 417 jefes y oficiales –entre ellos el teniente coronel Francisco de Paula Troncoso, a quien vemos en la foto y con el tiempo también llegó a general–...  casi mil menos de los que dejaron Puebla.

Con el tiempo, muchos de ellos volvieron a luchar contra los invasores... algo que hicieron quienes escaparon cuando los llevaban hacia veracruz.

 

 

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Metz, Francia, 1870.

 

Han pasado siete años de la victoria del mariscal François Achille Bazaine sobre el ejército de Comonfort en San Lorenzo –misma que, como vimos, definió la caída de Puebla– y solo tres desde que regresó de México con las fuerzas expedicionarias, de las que fue general en jefe después de Forey.

Las cosas han cambiado mucho desde la aventura mexicana: ahora él está sitiado por miles de soldados prusianos.

Y aunque se le presentaron oportunidades para atacar a los enemigos, terminó entregando la plaza... por lo que sus 167 mil hombres, armas, municiones y material de guerra cayeron en manos del enemigo... contribuyendo a la derrota de su emperador, Napoleón III.

 

 Capitulación en Metz. Foto: aufildesmotsetdelhistoire.u.a.f.unblog.fr

 

 

Además, a diferencia de los sitiados en Puebla, Bazaine “no hizo lo que el honor y el deber prescriben en estos casos, no destruyó el material de guerra, cuyos recursos bélicos los deja en el enemigo. Acepta que los oficiales vuelvan a casa y firmen su palabra de honor de no hacer armas contra sus vencedores[xvii].

Es por ello que resultó extraño que un consejo de guerra lo condenara a muerte tiempo después; aunque luego le cambiaron la pena por 20 años de destierro, castigo que no pudo cumplir porque un comerciante lo asesinó en 1887.

 

 

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Epílogo.

 La defensa de Puebla, bárbara ante los ojos de Forey y admirable para los militares franceses que años después le reprocharon a Bazaine no actuar de la misma forma, es un suceso poco conocido de nuestra historia que debemos rescatar e investigar, ya que es poca la bibliografía que se tiene del tema.

En el sitio de Puebla, los testimonios de coraje y valor de los defensores se contraponen con lo que algunos califican como “errores” del presidente Juárez, quien no nombró a un general en jefe entre Comonfort y González Ortega, por lo que ambos jefes tuvieron que pedir órdenes a la Ciudad de México y esperar la respuesta... perdiéndose tiempo y dificultándose la coordinación entre los ejércitos Del Centro y De Oriente.

Además de que esta situación alimentó la desconfianza entre ambos militares –algo que la mayoría de los jefes liberales le tenían a Comonfort por su papel en la Guerra de Reforma–. Recelo que creció en González Ortega porque le dijeron que le iban a quitar el mando del Ejército de Oriente para dárselo a su rival, según registraron varios testimonios.

Sin embargo, más que estos señalamientos –que son realizados a más de 150 años de distancia y con los resultados a la vista–, el sitio de Puebla nos deja como legado, de acuerdo con el historiador Pedro Salmerón, “la indomable voluntad de un país que no lo es y quiere serlo”; además del heroísmo de quienes lucharon por defender a México de la invasión extranjera… aunque ello significara ir contra sus ideas políticas.

 

"Antes que partido, patria". Foto: gob.mx 

 

 

Este fue el caso del general conservador Miguel Negrete, quien después de ponerse bajo las órdenes de Juárez fue cuestionado por sus conocidos.

Le reprochaban apoyar a los enemigos de su partido, reclamo al que respondió de la siguiente manera:

 –Antes que partido, yo tengo patria.

Frase que habría que recordarle a muchos políticos de nuestros días… sobre todo en una época electoral en la que las ambiciones personales parecen imponerse a los grandes problemas nacionales.

¡Qué falta nos hace aquella generación!

 

 

 @IvanLopezgallo

 

 

 

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Citas.

[i] Arthur Conan Doyle (2008). Obras completas de Sherlock Holmes. Buenos Aires: Editorial Diada, P. 70.

[ii] Tarsicio García Díaz, coordinador (2005). Independencia Nacional II. Morelos-Consumación. México: UNAM, p. 64.

[iii] Ramos Vázquez, Pedro Mauro (2013). La Batalla de San Lorenzo. Puebla: Gobierno del Estado de Puebla, p. 9.

[iv] Carlos Contreras Cruz Et. Al. ( 2013). 62 días. El sitio de Puebla. Puebla: Gobierno Municipal, Consejo de la Crónica e Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, p. 14.

[v] Roeder Ralph (1984). Juárez y su México. México: Fondo de Cultura Económica, p. 743.

[vi] Luis Chávez Orozco (2013). El sitio de Puebla en 1863. Puebla: Gobierno Municipal e Instituto de Arte y Cultura de Puebla, p. 32.

[vii] Ibid., p. 35.

[viii] Ibid., p. 36.

[ix] Ibid., p. 65.

[x] Pedro Ángel Palou Pérez, citado en la sesión del Congreso del Estado de Puebla en que se declara a la Ciudad de Puebla “cuatro veces Heroica”. 12 de mayo de 2016, Congreso de Puebla. Sitio web: http://congresopuebla.gob.mx/index.php?option=com_content&view=category&id=104&layout=blog&Itemid=134&limitstart=10.

[xi] Ibid., p. 77.

[xii] Ibid., p. 77.

[xiii] Doralicia Carmona. (Año no especificado). Puebla se rinde a los franceses. 16 de marzo de 2016, de Instituto Nacional de Estudios Políticos. Sitio web: http://www.memoriapoliticademexico.org/Efemerides/5/17051863.html.

[xiv] Ibid.

[xv] Agustín Alcérreca (2013). Diario de un prisionero de guerra. Puebla: Gobierno del Estado de Puebla, Secretaría de Educación Pública de Puebla, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla y consejo de la Crónica del Estado de Puebla, p. 22.

[xvi] Ibid., P. 22.

[xvii] Carlos Contreras Cruz Et. Al., Op. Cit., p. 18.



Iván Lópezgallo

Estudió Historia en la UNAM. Licenciado en Administración de Empresas, Licenciado en Periodismo, Maestro en Narrativa y producción Digital y candidato a Doctor en Administración. Premio Nacional de Locución (2010), Premio México de Periodismo (2010 y 2017) y Mención Honorífica en el Certamen Nacional de Periodismo (2009), todos en Reportaje por Televisión. Autor de "El camino de Un guerrero. Vida y legado de Isaías Dueñas" y "1863. Historia novel...Leer más

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