Felicidades, don Julio



Julio Scherer García. Foto: letraslibres.com

Iván Lópezgallo 08/04/2018   06:55 p. m. Opinion-






El 7 de abril de 1926 nació don Julio Scherer García, uno de los mejores periodistas de la historia de nuestro país y tal vez el más importante de los últimos años, por lo que hoy deseo recordarlo con pequeños extractos de algunos de sus textos.

Formado a la usanza de los viejos periodistas –esos que de acuerdo con Gabriel García Márquez aprendían “en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes” [1]–, Julio Scherer tuvo una carrera fulgurante, ya que desde muy joven se integró a Excelsior y poco tiempo después sus trabajos aparecían ya en el diario. Así que, al ver a ese joven reportero de 23 años, lleno de energía y deseo de hacer bien las cosas, uno podría preguntarse cómo fue que llegó al periodismo. ¿Sería acaso por un sueño acariciado desde pequeño? ¿Por pasión? ¿Por el deseo de conocer lo que sucedía a su alrededor? ¿Por amor a la verdad?




No. la realidad fue mucho menos poética y don Julio la contó en “La terca memoria”:

Mi padre me dijo que, sin orden en los estudios, debía iniciarme en algún trabajo. Él me ayudaría en lo que yo dispusiera.

Fui claro, mas no cínico.

–No sé hacer nada.

–Te gusta escribir.

–Recordarás que hace años fui corrector de cuadernillos de Buena Prensa, la editorial de la Compañía de Jesús. No he ido mucho más allá.

–En la casa te he visto escribir.

–Cualquier cosa. Tengo por ahí algunas cuartillas sobre Dostoievski. Te cuento –me sentía tenso–; me gustó mucho el hachazo de Raskolnikoff sobre la vieja avara –y por ahí seguí, para evitar el tema que, en verdad, me avergonzaba.

–Pero escribes.

–De los libros tomo notas.

Al fin me propuso mi padre que visitáramos a Gilberto Figueroa, gerente de Excelsior. Se habían conocido en el Club Rotario, eran socios y amigos.

Don Gilberto me envió con el director de la segunda edición de Últimas Noticias, La Extra, Enrique Borrego Escalante.

–¿Sabes algo de periodismo?

–Nada, don Enrique.

–¿Lees los periódicos de la casa Excelsior, sus ediciones?

–Sólo la sección deportiva de Excelsior.

Recibí la orden terminante, la primera: permanecería cerca de don Enrique, lo observaría en su trabajo y asunto que no entendiera, él me lo explicaría. Debería mantenerme atento a eventuales problemas personales y a las exigencias de algunas señoras que lo visitaban. Ya me diría cuáles [2].

 

Carlos Denegri. Foto: foroparalelodemilenioelotroforo.blogspot.mx

 

Así, tras ese poco prometedor inicio, Excelsior se convirtió en más que un trabajo o una escuela para Julio Scherer, quien años después escribió:

Viví en Excelsior de los dieciocho a los cincuenta años, de mandadero a director. Allí me casé, allí nacieron mis hijos, allí murieron mis padres, allí conocí la amistad, allí tuve pasiones y enfrentamientos, allí amé a Susana para siempre. Allí vi de cerca al mejor y al más vil de los reporteros, Carlos Denegri. Allí supe que a su esposa la despertaba en la madrugada y le gritaba: “¡Levántate, puta, que ya llegó la señora!”. Allí conocí las contradicciones del director Rodrigo de Llano, que admiraba a Denegri hasta poner el periódico a su servicio, a la vez que dictaba cátedra que yo escuchaba embelesado antes de cumplir la mayoría de edad:

“La mejor noticia es la que se pierde, porque no se puede documentar ni probar por la lógica interna de los hechos. El reportero debe saberlo. Su honor está por encima de todo” [3].

"Excelsior era nuestra casa, la presumíamos, la llamábamos catedral del periodismo, pero vivíamos bajo reglas que aceptábamos como el enfermo que ahuyenta al médico, convencido de su salud. Nos decíamos libres y soñábamos, adormilados.

Los reporteros no teníamos derecho a réplica con los funcionarios que ponían en tela de juicio nuestra información o abiertamente la desmentían. Representaban el poder y el poder representaba la firmeza de la nación. Había figuras e instituciones que aseguraban el futuro: el presidente de la república, el secretario de la Defensa Nacional y la Iglesia Católica con las buenas conciencias a cuestas.

Algunas ocho columnas, nuestra bandera que ondeaba cada amanecer, tenían precio. Era dinero secreto, sin factura, misterioso su destino. Las gacetillas, publicidad embozada como información, costaban caro. Su presentación exigía sutileza, estilo, el gato ofrecido con la salsa apetitosa del conejo. Los reporteros teníamos libertad para contratar gacetillas y desplegados del tamaño que fuera, asegurado el 11 por ciento de comisión. Sólo nos obligábamos a respetar las fuentes de trabajo asignadas a cada reportero.

El dinero constante de las oficinas de relaciones públicas del gobierno y de la iniciativa privada, el chayote que espina pero alimenta, había que considerarlo con la naturalidad del agua que humedece la ropa en la temporada de lluvias. Si había protestas, que fueran personales. A nadie se obligaba a guardar en el bolsillo el sobre con su contenido viscoso. El general Álvaro Obregón había dado en el blanco: “Ningún general resiste un cañonazo de cincuenta mil pesos”. Siqueiros también vendría a cuento: “Con fuerza de voluntad, hasta las convicciones se vencen” [4].

 

Director de Excélsior. Foto: milenio.com

 

Scherer se convirtió en director de Excelsior en 1968 y paulatinamente introdujo cambios en el contenido del diario, fomentó los reportajes de investigación e invitó a periodistas e intelectuales reconocidos, como Vicente Leñero y Daniel Cossío Villegas, a colaborar en el diario y las revistas que editaba la cooperativa. Y el trabajo rindió frutos, ya que Excelsior llegó a ser considerado como el Le monde de la América Latina.

Finalmente, un complot impulsado por el presidente Luis Echeverría provocó que Julio Scherer y un grupo importante de colaboradores –entre quienes podemos mencionar a Vicente Leñero, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Abel Quezada y Miguel Ángel Granados Chapa– abandonaran el diario.

Este fue, sin duda, uno de los peores golpes para Scherer durante su carrera, aunque meses después volvió con la revista Proceso –que desde sus inicios se caracterizó por, al más puro estilo de su director, realizar un periodismo sin concesiones–. Sin embargo, involucrarse en esta nueva aventura fue difícil para el experimentado periodista, quien años después escribió:

Expulsado de Excelsior, amigos inseparables pensaron que no debía abandonar un esfuerzo común, me vistieron de general, me prendieron algunas medallas y me llevaron al frente de un proyecto que era sobre todo de ellos: una prensa sin el lastre de la dependencia. Estratega de una guerra que no podía librar, exangüe como me encontraba, cumplí con la única tarea a mi alcance: di la cara y aparecí con nombre y apellido en la portada de Proceso.

A varios de los iniciadores de la aventura magnífica les hablé entonces de mi ánimo quebrado. Me presentaba a las reuniones de trabajo resuelto a hacer sentir mi entrega por la tarea. Algunas noches, camino al piso 10 de Dinamarca y Avenida Chapultepec que José Pagés Llergo había puesto a nuestra disposición, miraba hacia las altas ventanas con la esperanza de encontrarlas apagadas [5].

 

 Expulsados de Excélsior. Foto: aristeguinoticias.com 

 

El primer número de Proceso salió a la venta el 6 de noviembre de 1976, poco antes de que terminara el periodo presidencial de Luis Echeverría, ya que para Scherer y su grupo era importante que la revista apareciera antes del cambio de poderes para mostrar que el golpe que los sacó de Excelsior no había terminado con su compromiso periodístico.

Bajo su dirección, Proceso se convirtió en una de las opciones más críticas y reconocidas del periodismo mexicano, hablando lo mismo de la corrupción del Negro Durazo o José López Portillo en la década de los ochenta, que del alzamiento del EZLN, el asesinato del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio, y el error de diciembre, todo esto en 1994. Sin embargo, casi dos años después y con la revista consolidada, Scherer tomó una decisión que para muchos fue sorpresiva, aunque no para su grupo más cercano:

 Vicente Leñero, Enrique Maza y yo renunciamos en noviembre de 1996 a los puestos directivos de la revista. En el futuro nos concentraríamos en el Consejo de Administración.

Habíamos cumplido veinte años juntos y era tiempo para que las oportunidades del futuro se abrieran a una nueva generación. Además, cumplíamos una promesa entre nosotros: a los cuatro lustros del semanario, iríamos en pos del azaroso encuentro personal con la vida.

El día de la despedida viví la amistad apasionada de mis compañeros y la honda tristeza que deparaba una nueva relación con ellos. En la fiesta estábamos todos los que deberíamos estar, entre ellos Gabriel García Márquez.

–Hoy no te beso –me dijo, en referencia al momento en que había sentido la levedad de su rostro en mi cara al minuto de la entrega en Monterrey del primer premio de Nuevo Periodismo, el 21 de octubre de 2000.

–Yo sí –le dije.

Estaba Susana, sin que la muerte se hubiera atrevido a tocarla, estaban mis hijos.

Días después de la fiesta, Vicente me dijo que no le preocupaba el destino de Proceso tanto como los años inciertos que me esperaban. No me imaginaba lejos del periodismo, pendiente de los sucesos del tamaño que fueran.

–¿Qué vas a hacer? –me preguntaba.

–No sé –respondía [6].

 

 Julio Scherer y Vicente Leñero. Foto: elsemanario.com

 

Vicente Leñero (3 de diciembre de 2014) y Julio Scherer (7 de enero de 2015) murieron con poco tiempo de diferencia. Colegas, amigos y cómplices, convivieron durante más de 40 años y prácticamente se fueron juntos a descubrir si existe algo más allá de esta vida.

Eran parecidos, aunque al mismo tiempo muy diferentes, ya que el periodismo lo era todo para Scherer, mientras que Leñero también se sentía cómodo en la novela, el cine y el teatro. Por algo le dijo alguna vez don Julio a don Vicente:

¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? Que si visitáramos a Picasso, tú te pondrías a ver los cuadros y yo le haría una entrevista [7].

 

 El adiós. Foto: noticaribe.com.mx 

 

El último texto de Scherer fue publicado el 7 de diciembre de 2014. En él hablaba sobre el fallecimiento de Vicente Leñero, sin imaginar que exactamente un mes después habría de expirar él también.

 Como epitafio anticipado, don Julio escribió en Vivir, uno de sus últimos libros: “A la vida le temo como no le temo a la muerte. La muerte es inevitable. Cae. El terror en los límites de la cordura, es asunto personal”.

Y al final murió… pero sigue vivo gracias a sus textos, su ejemplo y sus enseñanzas… así que, hasta donde quiera que se encuentre: feliz cumpleaños, don Julio.

 

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Referencias:

[1] http://elpais.com/diario/1996/10/20/sociedad/845762406_850215.html (Consultada el 7 de enero de 2015).

[2] Scherer García, Julio (2007). La terca memoria (pp. 146-148). México: Grijalbo.

[3] Scherer García, Julio (1995). Estos años (pp. 36-37). México: Oceano.

[4] Scherer García, Julio (2007). La terca memoria (pp. 92-93). México: Grijalbo.

[5] Scherer García, Julio (1995). Estos años (p. 37). México: Oceano.

[6] Scherer García, Julio (2012). Vivir (pp. 86-87). México: Grijalbo.

[7] http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/4607/villoro/46villoro03.html

 

 

 

 

 



Iván Lópezgallo

Estudió Historia en la UNAM. Licenciado en Administración de Empresas, Licenciado en Periodismo, Maestro en Narrativa y producción Digital y candidato a Doctor en Administración. Premio Nacional de Locución (2010), Premio México de Periodismo (2010 y 2017) y Mención Honorífica en el Certamen Nacional de Periodismo (2009), todos en Reportaje por Televisión. Autor de "El camino de Un guerrero. Vida y legado de Isaías Dueñas" y "1863. Historia novel...Leer más

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