La historia y los historiadores, por Pedro Salmerón S.



Imagen: tomatazos.com

Redaccion 09/06/2022   12:22 p. m. Opinion-






Pancho Villa y Friedrich Katz (2)

 

Las leyendas empiezan con las versiones encontradas de su vida antes de la revolución, una etapa sobre la que la documentación original era, antes de Katz, aparentemente inexistente. Explica Katz: “Existen básicamente tres versiones de esos primeros años, a las que llamaré la leyenda blanca, la leyenda negra y la leyenda épica.” En la primera, Villa es una víctima inocente del régimen porfiriano, la segunda lo describe como un despiadado asesino, y la tercera, basada en corridos y tradiciones populares, lo muestra como un “Robin Hood mexicano”.




La brillante y exhaustiva investigación de Katz sobre los primeros años de Villa demuestra que no fue ni el sanguinario asesino y bandolero inescrupuloso pintado por sus enemigos ni el ídolo de los campesinos y terror de los hacendados, como quiere el relato de sus admiradores. El peón de campo que nació con el nombre de Doroteo Arango Arámbula en 1878 se convirtió a los 16 años en un bandido de poca monta de las sierras de Durango, que más de una vez conoció la cárcel y que pasó unos meses como recluta en el ejército. No hay ninguna evidencia de la piedra clave de la leyenda blanca: la violación de su hermana por parte del patrón, Agustín López Negrete, que habría sido la causa de su carrera de bandido. “Es más probable —apuntaba John Reed en 1914— que la causa haya sido la insoportable altanería de Villa.” Hacia 1901, Arango, ya con el nombre de Pancho Villa, se trasladó al estado de Chihuahua, donde realizó diversas actividades legales que combinaba con la no muy legal de ladrón de ganado que, como explica Katz, en Chihuahua tenía una peculiar aceptación entre amplias capas sociales.

Este Villa histórico, bandido en Durango, pluriempleado y a veces ladrón de ganado en Chihuahua, sin rasgos particulares ni extraordinarios que lo distinguieran de su medio, fue encontrado por Katz tras un largo, desesperante y minucioso rastreo en archivos locales y particulares que permitieron reconstruir la existencia común de un hombre ordinario, en una región y una época inestables y dinámicas: el acelerado desarrollo de Chihuahua y sus enormes contradicciones sociales, que se entienden perfectamente en las páginas del libro de Katz, hacen que el desarraigo de Villa, sus diversos empleos, sus recorridos por amplias zonas del sur y el occidente de Chihuahua, sean mucho más normales de lo que hubiesen sido en épocas más estables.

En 1910, este hombre ordinario se convirtió en un notable capitán guerrillero y en menos de tres años en un caudillo popular sin parangón. Es cierto que, como pone Dumás en boca de uno de sus personajes, refiriéndose a Cromwell, “esos hombres no se conocen hasta que descargan el golpe”, pero también es cierto que, una vez descargado el golpe, hay algo en la manera de hacerlo —de ser y de hacer—  que delata su acumulación en un pasado aparentemente ordinario. Y algunas de las páginas más brillantes de Katz están dedicadas a esa explicación, una explicación histórica y lógica a la vez, muy distinta, mucho más satisfactoria que las leyendas, hermosas, quizá, pero poco verosímiles y menos fundamentadas.

Y así una y otra vez: lo que hace Katz con los mitos del Villa prerrevolucionario lo hace también, separando la paja del trigo, con el capitán guerrillero, con el caudillo militar, con el gobernador revolucionario, con el guerrero implacable y con el mito viviente aparentemente retirado, pero bien atento, asesinado por órdenes del gobierno cuando iba dejando Parral, manejando su carcacha…

Quizá a algunos les gusten más las leyendas, alguna de las leyendas: a mí, me satisface muchísimo más la versión bien fundamentada, certera y verídica, de Katz: es ésa la que me permite entender al caudillo y sus pulsiones. Fue la versión, la explicación histórica de la vida y la situación de Pancho Villa antes de la revolución la que me hizo entender cómo construyó Pancho Villa la red de amistades, complicidades y compadrazgos que le permitieron convertirse en capitán de un puñado de bragados en 1910 y, al frente de ellos y de otros que se irían sumando, en el gran caudillo popular de la revolución. Es la explicación de Katz la que me permitió, incluso, discutir con él, diferir de él en algunos temas; pero pudimos discutir gracias a su monumental trabajo: sin él, los demás seguiríamos discutiendo sobre el bandido generoso y “sus quince mil jinetes bárbaros”.

Gracias a Katz, Villa puede combatir con nosotros, no sólo como mito. Ahora sabemos cómo se organizó desde abajo un formidable ejército y cómo surgió de sus filas, también desde abajo, un proyecto revolucionario. Ahora empezamos a saber quiénes son y qué querían los villistas. Y eso hubiera sido imposible si don Federico Katz no nos hubiera explicado, clara y coherentemente, de manera eficaz y convincente, quién fue Francisco Villa. Larga vida en nuestra memoria a ese hombre bueno que fue don Federico.

 

Pedro Salmerón S. |  El Presente del Pasado