Nuestro mundo representado, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: longitudeonda.com

Eduardo Celaya 06/05/2022   08:59 a. m. Opinion-






Ethos Pathos Logos

 

Cuando tomé ciertas materias de historia en la carrera de Comunicación, solían ponerles los rimbombantes nombres de “Comunicación y cultura en la era agrícola” o “industrial”, algo así como Mundo Clásico y Siglo XVIII. Además, llevamos una que se llamaba igual, pero con el agregado “era de la Comunicación y el Conocimiento”. Lo sé, mi plan de estudios tenía nombres excesivamente largos, cansados y poco precisos, pero quisiera detenerme en el nombre de esa última materia, la de la comunicación y el conocimiento. Sin duda vivimos en la era de la información, sobre todo desde el surgimiento de los medios masivos de comunicación, y acentuado con la irrupción de la cultura digital y la Web 2.0, pero eso de que vivimos en la era del conocimiento… discrepo un poco.




Vivimos bombardeados de datos y supuesta información, pues en realidad es acumulación de esos datos, mal reunida, mal analizada, mal procesada. Hoy por ejemplo tengo conocimiento de que el “pelón” Gomiz está detenido por romper unos lentes, que la Kardashian se mató de hambre tres semanas para vestirse como Marilyn Monroe, y que Sheinbaum acusa de tendencioso y politiquero un informe realizado por una empresa noruega. Son datos, y bastantes, pero todos vienen cargados de un discurso que, si bien es velado, tiene siempre una carga ideológica que altera el mensaje que se está mandando.

El asunto es este: ni estuve en el Suntory de Plaza Artz, ni visité en la alfombra roja del MET Gala 2022, ni he leído el informe de DNV, pero de cierta manera, ya tengo una opinión al respecto. Algo así como cuando me preguntaron si le creía a Johnny Depp o a Amber Heard; no los conozco, nunca he hablado con ellos, no sigo las noticias del juicio… pero tengo una opinión. Bastante temerario de mi parte si me lo preguntan, porque tenemos el valor de opinar de todo, sin saber, pero creyendo que conocemos todo por saber de algunos datos… y aceptando como verdad irrefutable un discurso.

 

Hablar es una posibilidad, una habilidad y una responsabilidad.
Fuente: telesoldiario.com

 

Michel Foucault decía que un discurso es una violencia a la que sometemos a la realidad. Es decir, para apoderarnos de la realidad debemos reducirla a conceptos y términos que, en nuestra limitada capacidad mental, podamos comprender. Al momento de “traducir” esa realidad a conceptos que conocemos, es decir, al bajarla a un lenguaje, construimos un discurso a partir de las cosas que ya conocemos, porque ¿de qué otra forma podemos ponerle nombre a algo, si no con el lenguaje que ya dominamos? El problema surge cuando ese discurso trae una pesada carga ideológica, pero se le presenta como objetivo, real y confiable. ¿Hubo agresión política contra un periodista en el Suntory? ¿Kim Kardashian se sometió a un régimen agresivo para agradar al público sexista masculino? ¿Sheinbaum manipula la verdad con fines políticos? La verdad es que no lo sé, pero dependiendo de quién me dé la información, me haré una idea.

¿Qué se puede hacer, como público y ciudadano responsable, para no caer en estas trampas de la información? Pues una de las herramientas que tenemos es el análisis del discurso, el cual además tiene varios métodos para realizarse. Uno que me gusta hacer es el análisis retórico que, aunque suena muy especializado y complicado, en realidad no lo es. De entrada, hay que considerar el ethos, el pathos y el logos en la comunicación. El ethos se refiere a la reputación de quien emite el mensaje, ya sea una persona individual, una organización, o una organización usando a un individuo para dar el mensaje. Pongámoslo así: si una persona que me miente sistemáticamente me pide prestados $500 que me pagará mañana… probablemente no confié en él y no le preste nada, así de sencillo. En ocasiones una organización toma prestada a una personalidad para dar su mensaje, aprovecha su reputación, su ethos, algo así como Tom Hanks en la película de Los Simpson cuando anuncia jocosamente sobre la creación del nuevo Gran Cañón, después que el gobierno decide bombardear la ciudad de Springfield. Hay que conocer bien la reputación de un emisor para poder juzgar si su palabra tiene valor, ya que de eso dependerá la confianza que pongo en sus palabras.

El segundo elemento de análisis es el pathos, que se refiere a la dimensión emocional del mensaje. Como ya he hablado en textos anteriores, siempre hay emoción en la comunicación, pues no somos de palo, y el análisis del pathos se enfoca en las emociones provocadas en el receptor, es decir, como el público se siente al recibir un mensaje. Si veo un comercial donde aparecen cachorritos corriendo y jugando en un campo, sentiré emociones de satisfacción y felicidad, y es muy posible que relacione el producto que se está publicitando con esa sensación de felicidad por ver hermosos cachorritos corriendo… aunque no sea el caso. Esta herramienta se usa mucho en publicidad, pero también en propaganda, al revestir de santidad o maldad absoluta a la persona de la que se esté hablando.

 

Ethos, pathos y logos como herramienta de análisis de la comunicación.
Fuente: amrodriguezv.medium.com

 

El logos, tercer elemento del análisis, se refiere a la argumentación racional que sustenta el mensaje, es decir, los datos duros. Ojo aquí, que los datos no están abiertos a interpretación; el agua se evapora al alcanzar el punto de ebullición, independientemente de si creemos en Dios, Alá o la teoría del caos. Una buena argumentación separa la creencia, la fe y los datos, pues a partir de un fundamento racional es que podemos dejar de lado las ideologías y comprender mejor los hechos.

Cuando se construye un mensaje, o cuando se recibe, vale la pena considerar los tres elementos, ethos, pathos y logos, para comprender qué es lo que realmente me quieren decir al consumir dicho mensaje. Si recibo información que considero negativa, pero el emisor es respetable, no intentan manipular mis emociones, y se me muestran datos duros, lo más racional e inteligente será aceptar dicho mensaje. Por otro lado, si me dan un mensaje muy positivo, pero el emisor del mensaje es conocido por mentir y manipular las evidencias, usa el chantaje para hacerme sentir o culpable o excesivamente mimado, y además altera información, la oculta o la reviste de matices ideológicos o emocionales… pues bueno, la conclusión es sencilla: me está mintiendo.

Hacer un análisis como este, o si prefiere con otro método, nos vuelve mucho más críticos, centrados y, sobre todo, menos dogmáticos, pues creo que en la vorágine de información de la que somos presa, y me atrevería a decir, víctimas, el creer con fe ciega lo que dice tal o cual persona, medio u organización nos convierte en ciegos fanáticos que merecemos las consecuencias de nuestras pobres decisiones. Y sí, puede llegar a ser cansado al principio, pues no es una forma de manejarnos a la que estemos acostumbrados, o que en la escuela nos enseñen a hacer. Incluso, aquellos que analizan la realidad son vistos como raros, ajenos e incluso “pesimistas”, pero la realidad es que analizar los discursos prepara para tomar mejores decisiones y, en caso de cometer un error, ser responsables de nuestros propios actos y dejar de culpar a lo que sea que no está en mis manos. La sociedad también necesita madurar, y para ello tenemos muchas herramientas que nos convendría, en estos tiempos confusos y peligrosos, poner en práctica todos los días.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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