Nuestro mundo representado, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: vestidosdecordura.com

Eduardo Celaya 13/11/2021   10:17 a. m. Opinion-






La cama de clavos

 

Cuando era chico y estudiaba en una escuela por demás privilegiada, de la cual no quisiera acordarme, se inauguró el Papalote Museo del Niño, acá en Chapultepec. Obviamente la visita a dicho museo fue cosa obligada para muchos estudiantes de primaria, por lo que yo también lo conocí en un paseo escolar. Recuerdo poco de esa visita, la verdad, como recuerdo poco en general de la primaria, excepto algunos momentos clave, pero lo que sí viene a mi memoria al pensar en este museo fue la famosa cama de clavos, de la que ya había escuchado hablar antes de compañeros que ya habían ido, y que era todo un tema de conversación entre los niños sin experiencia que éramos nosotros. Me acuerdo que visité la exhibición y uno de los otros niños se subió a la cama, a lo que el guía procedió a darnos la explicación de por qué, aunque un solo clavo puede causarnos dolor, varios no lo hacían.




Esta anécdota me parece una buena alegoría de la cultura contemporánea respecto al abuso, la violencia y las constantes luchas de poder en las que el vulgo somos las víctimas sin voz. Bien decía Hobsbawm en Guerra y paz en el siglo XXI, que a lo largo del siglo XX el mayor número de muertes en las guerras ya no la conformaban los soldados, sino los civiles, cosa insólita en la historia del mundo. Esto es consecuencia de las nuevas técnicas de ataque que se experimentaron en el pasado y convulso siglo XX, en el que diezmar a la población era pieza clave de cualquier estrategia bélica, pues es de la población civil de donde surgen tanto los soldados, como las armas y los suministros necesarios para sostener una lucha. Si bien en las primeras guerras, así como en la Primera Guerra Mundial esto era sorprendente y hasta escandalizante, conforme avanzó el siglo se convirtió en algo normal, un daño colateral, muertes necesarias para lograr el triunfo en la guerra. Siendo así, llegamos a conocer masacres brutales justificadas por un fin que solo beneficiaba a algunos, como la desintegración de Yugoslavia, las matanzas de Ruanda o las constantes guerras y luchas intestinas en el Medio Oriente. Cosa normal, nada que provoque indignación en la opinión pública más allá de las pláticas de café.

 

Las guerras a partir del siglo XX causan sus mayores daños en la población civil.
Fuente: laprensagrafica.com

 

Los abusos a los derechos humanos, las ejecuciones, la trata de blancas, el narcotráfico rampante y la política corrupta han logrado adquirir este carácter de “normal” en las últimas décadas. Por poner un ejemplo, el fenómeno de la desaparición forzada, escandalosa en su misma raíz, pues representa la última traición del Estado a los ciudadanos a quienes gobierna, se justifica por temas como el fracking, tan “necesario” para el progreso y la modernización de la industria energética. Por lo tanto, si es necesario desplazar poblaciones enteras de una región rica en gas natural, se hará por los medios necesarios, ya que el fin (frase que por cierto, no es de Maquiavelo) justifica cualquier medio utilizado. El fenómeno de la desaparición forzada alcanzó relevancia en el sexenio pasado, sobre todo con el caso de los 43 de Ayotzinapa… hoy poco se habla del mismo, aunque dista mucho, muchísimo de haberse resuelto. Simplemente, lo vemos en el día a día como normal.

Recuerdo que cuando trabajé en el Instituto Mora se organizó una conferencia sobre el Sí a la Paz en Colombia, un proceso de por sí complejo, que requería todo el análisis que se le pudiera hacer por expertos de las ciencias sociales. Es decir, la realización de esta conferencia en el Instituto Mora era un excelente esfuerzo por dar luz a un tema que podríamos considerar ajeno a nuestro país. También recuerdo a una de las asistentes a este evento, una de esas mujeres “que vibran alto” que fue a hacer preguntas completamente ajenas al tema, y que asistió solo porque aparecía la palabra “Paz” en tipografía y color llamativos en el cartel. Este caso me parece un excelente ejemplo de la ceguera común ante temas complejos, en los que preferimos ver lo que queremos ver, a escuchar a alguien que dice algo incómodo.

Por el otro lado, el conferencista, un académico colombiano experto en tema de guerrillas, dijo algo que me impactó en el momento y hasta la fecha. Parafraseando, nos pidió que dejáramos de normalizar la narcocultura, presente en corridos, series de televisión, publicidad y demás estímulos a que nos exponemos diariamente. “Colombia tuvo un proceso similar”, nos comentó, “y vean a dónde llegamos, por permitir que eso fuera algo normal en nuestra vida”, recuerdo que dijo, palabras más palabras menos. Y es cierto, desde entonces me volví un poco más consciente de este esfuerzo mediático por normalizar la narcocultura, que hoy en día consumimos con desenfadado gusto, mientras nos despertamos con noticias de descabezados y fosas clandestinas un día sí y el otro también.

 

El fracking, si bien es un importante método para asegurar la generación de energía, ha provocado graves problemas ambientales y sociales.
Fuente: renovablesverdes.com

 

Vivimos, todos lo sabemos, en la era de la información y el conocimiento, en el que recibimos diariamente millones de bits de información procesada o sin procesar, y que aceptamos sin poner mucho cuidado en lo que estamos consumiendo. Escuchar diariamente un mismo mensaje, así sea construido con diferentes signos, pero con un discurso similar, no es más que una estrategia creada por Joseph Goebbels, ni más ni menos que el encargado de la propaganda en el Régimen Nazi. Esta repetición de un mismo contenido, simple en su construcción para ser asimilado sin complicación por un público sin criterios críticos tiene el único objetivo de normalizar aquello que a lo que no debemos acostumbrarnos. Por ejemplo, hace años se supo la noticia de cuerpos descabezados colgados en un puente de Interlomas, una zona de clase alta cercana a la Ciudad de México… ¿Es normal despertar, ir al súper o a desayunar, y ver cuerpos torturados y desmembrados en mi camino a casa? Definitivamente no lo es, y la indignación debería invadirnos, pero puedo casi asegurar que mucha de la opinión sobre el tema era que simplemente los narcomensajes ya habían llegado a Huixquilucan. Normalización de lo criminal, ni más ni menos.

¿Qué nos queda? Nuevamente, me parece que la solución es el pensamiento crítico ante lo que consumimos, pus si bien nosotros creemos que al sentarnos a ver una serie o una película, o ver nuestras redes sociales estamos descansando, los mensajes y la aculturación continúa de una existencia que no tiene nada, pero nada de normal, continúa sin descanso ni tregua. Dejemos de consumir esos mensajes repetitivos de adoctrinamiento que no hacen más que hacernos creer que no podemos hacer nada al respecto. Tomemos en nuestras manos el poder de un consumidor responsable, no de una masa inerte que no tiene juicio propio.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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