#DesdeLaAcademia, por Verónica Zárate Toscano



Foto: eluniversal.com.mx

Verónica Zárate Toscano 03/10/2021   07:47 a. m. Opinion-






Sobre el espectáculo

 

La noche del 27 de septiembre de este 2021, para conmemorar el bicentenario de la consumación de la independencia mediante la entrada a la Ciudad de México del Ejército Trigarante, se efectuó, en el Zócalo, un espectáculo que no se pensó como una verbena popular.




No era para ser visto in situ, a nivel de suelo. El señor y sus invitados estaban sentaditos abajo del balcón de palacio, en un templete con lona, por si Tlaloc hacía de las suyas, pero se abstuvo, tal vez por decreto o porque estaba ocupado desempeñando su papel en la representación histórico-cultural. El pueblo, si tenía los medios, lo podía seguir por la televisión y redes sociales e internet.

No puedo saber cuántos espectadores lo siguieron en vivo, pero, hasta el día de hoy, en cinco canales de YouTube donde se ha conservado, suma más de 800,000 vistas. Muchos conocidos se abstuvieron de verlo y, a los que sí lo hicieron, les pareció “muy aburrido por tanto discurso y luego era como un show de medio tiempo de superbowl”.

Los selectos invitados nos transmitieron mensajes de países con los que tenemos “estrechas relaciones” y que no siempre fueron traducidos. Ese desde la nave espacial rusa hablando de los astronautas prehispánicos no lo tiene ni … Y no hubo Te Deum como en el siglo XIX, pero si homilía. Así parecían las palabras del enviado del Vaticano, quien no repitió lo escrito en la carta de Francisco dada a conocer horas antes, donde afirmaba que, para fortalecer las raíces, había que hacer una relectura del pasado que incluía una “purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado, que han sido muy dolorosos. Por eso, en diversas ocasiones, tantos mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”. Ese sí fue uno de los perdones solicitados por el presi, pero no se escuchó fuerte y a los cuatro vientos en la noche.

Y mientras las palabras de monseñor rebotaban en las paredes de catedral, debió ocurrir el anunciado repique general de campanas a las 8.30, que sólo después recuperamos en un noticiero porque no se escuchó. Como era un evento organizado por la Sedena, el general principal dijo, con todas sus condecoraciones encima, que “esta representación histórica cultural es un homenaje a los valientes mujeres y hombres, héroes conocidos y anónimos que guiaron y participaron en el Movimiento de Independencia por el que dieron su vida, […]  porque gracias al esfuerzo y determinación de nuestros héroes, hoy México es un país libre, independiente y soberano, que expresa su respeto y amistad a todos los pueblos del mundo”.

En épocas de emergencia sanitaria y crisis, llamó tristemente la atención cómo, habiendo tantas carencias, con 34 millones de pesos, se puede convertir el Zócalo en oscuro escenario con cuadros plásticos que nos recordaron nuestros festivales escolares –con todo respeto para quienes los realizan y quienes los recordamos.

Lejos estaba de ser una gran obra de teatro –casi evangelizadora- que recorrió varios siglos en unos minutos sobre un escenario que les quedaba enorme, y tampoco era un simulacro. Hay mucha tela de donde cortar para mis críticas y pruritos, pero solo expongo unos cuantos consciente de que dejo de lado muchos más.

Es plausible que se haya pensado instruir a la gente con un evento conmemorativo, pero para ello hay que ser muy cuidadoso con detalles. Por ejemplo, era deficiente la caracterización de los personajes. El padre de Guerrero parecía más bien su hijo. Iturbide era más moreno que rubio o pelirrojo, como lo vemos en las pinturas. Las mujeres traían atuendos de “adelitas revolucionarias y los tatuajes parecían de cómic”. Los soldados-histriones hacían un play back no sincronizado con frases salidas de un guion me puso los pelos de punta …

La orquesta de la Sedena ejecutaba desde el kiosko varias piezas para acompañar la narración histórica, que culminó con la interpretación de la canción “Desde la raíz”, compuesta por Jaime Flores. Fue interpretada por toda la compañía de teatro, digo, del ejército, en un revoltijo anacrónico. Conmovedor era ver cómo Iturbide movía los labios diciendo que “nació con el huapango entre las venas” y a Moctezuma y Morelos al unísono diciendo que les gusta ver ondeando su bandera. Y luego apareció el mariachi para el cuadro folclórico en el que el Huapango de Moncayo se combinó con el son de la negra. Y soldadas y soldados bailaban y zapateaban sobre el concreto que estaba más parejo que cuando lo hicieron en Moscú semanas atrás en la plaza Roja.

Al terminar la representación, los actores subieron a saludar a su limitado y escogido público. Yo sentía palpitaciones mientras esperaba ver quién sería el encargado de ir con cada cual. Hubiera sido genial que fuera el Iturbide –a quien el presi no baja de elitista- quien le entregara sus obsequios, pero no sucedió así y se los dio el que caracterizaba a Guerrero. Les regalaron un lujoso libro seguramente con la visión de la historia que nos habían representado. Y también una moneda conmemorativa que, por la descripción, no es de las que nos habían anunciado que circularía porque incluye la imagen de Iturbide, Guerrero y el Plan de Iguala.

Y luego vino la cena todavía más privada. Y nosotros, si ya nos habíamos perdido de ver la telenovela -porque el evento era en horario estelar-, de una vez nos hubieran puesto una escena en que Iturbide saludara a la Güera Rodríguez al pasar bajo el balcón de su casa. Dícese que lo hizo después de pasar bajo el arco triunfal. Y sí, algunas partes de la “representación” eran la reproducción de pinturas, como aquella –que cada vez nos será más familiar- en que Iturbide se quita el sombrero y ladea la cabeza. Terminada la fiesta, no todo fue tan efímero, sino que montaron el arco en el lugar donde originalmente estuvo, entre el Sanborns de los azulejos y el exconvento de San Francisco, para que, al menos sobre un caballito de madera o a pie, muchos puedan pasar por debajo y tal vez recuerden lo que sucedió hace 200 años –o ni se enteren… 



Verónica Zárate Toscano

Doctora en Historia por El Colegio de México. Nivel II del Sistema Nacional de Investigadores. Desde sus primeras investigaciones ha abordado el estudio de la prensa en el periodo de la Independencia, tanto en México como en España. De igual manera se ha interesado por la historia de las mentalidades y de la vida cotidiana. Profesora–investigadora del Instituto Mora.

Publicaciones recomendadas