Nuestro mundo representado, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: lamenteesmaravillosa.com

Eduardo Celaya 10/03/2021   12:00 a. m. Opinion-






Opinando, que es gerundio

 

Hace ya varios años entré a estudiar Historia en la UNAM, tras una de las mejores decisiones de mi vida: renunciar al peor (bueno, no sé) trabajo de mi vida. El mundo se me abrió, pues pude interactuar con gente muy diferente a la que conocía, compartir opiniones, lecturas, puntos de vista, y me di cuenta que no sé absolutamente nada. Durante mis primeros dos semestres llevé la materia de Filosofía de la Historia, en donde leíamos a varios filósofos e historiadores desde la Antigüedad hasta la Modernidad. Cabe decir que… no entendía mucho, pero las discusiones en clase eran muy enriquecedoras. Las primeras clases intentaba hablar, como a la tercera semana me limite a escuchar y reflexionar, verdaderamente no sabía nada de nada.




A lo que voy es que la conclusión que saqué de estas materias fue que un historiador jamás podrá escapar de la subjetividad al momento de narrar el pasado, o analizarlo. Sin embargo, la principal enseñanza que obtuve fue el ser consciente de esa propia subjetividad, es decir, que vemos al mundo desde cierta perspectiva, y es solo eso, una perspectiva más. A partir de entonces, y de forma creciente, he querido darme cuenta desde dónde observo el mundo y, sobre todo, desde dónde juzgo el mundo. Justo en esa clase, leímos la introducción de Historia de nuestra idea del mundo, de José Gaos, y por fin me di cuenta que las ideas cambian a lo largo de la historia y dependiendo de la cultura… es decir, “todo depende del color del cristal con que se mira”.

La forma de ver el mundo, ¿de dónde procede? No es algo que elijamos, así como no escogemos la familia en que nacemos, el país, la época o la clase social a la que pertenecemos. La educación, ya sea formal o informal, los libros, la televisión, la gente que nos rodea, la religión, la política, y todos estos estímulos a los que estamos expuestos desde que ponemos pie en el mundo nos dicen cómo es el mundo, y en la mayoría de las ocasiones nos dicen que ese mundo que nos enseñan es el único. La educación abre horizontes, es cierto, siempre y cuando sea una educación crítica, abierta al diálogo y, sobre todo, a reconocer que no se conoce toda la verdad. Pero una educación que no deja paso a la reflexión, que exige memorizar y repetir, que no permite cuestionar, lejos de abrir, cierra estos horizontes.

 

Fragmento de El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich.
Fuente: culturizando.com

 

Por otro lado, el siglo que vivimos, y sobre todo, las últimas décadas que hemos experimentado, se han caracterizado por el acceso a la información y el conocimiento. La irrupción del internet, de la cultura digital, pero sobre todo, de la Web 2.0, nos han dado acceso a una nueva forma de comunicación, en la que no somos solamente receptores de mensajes masivos, como pasaba con la televisión, el cine y la radio; no, hoy en día, gracias a las redes sociales, somos emisores y receptores, es decir, somos usuarios. Por primera vez en la historia de la humanidad, el grueso de la población de países desarrollados tiene acceso a hablar, opinar, leer, consumir lo que uno mismo escoja… o al menos eso parecería. Esta nueva facultad que la Web 2.0 nos da es un arma de doble filo, pues mientras podemos tener acceso a la interculturalidad, también puede orillarnos a cerrar los ojos ante aquello que no nos gusta, que no entendemos o que simplemente, no tenemos interés por aceptar que existe.

Los algoritmos usados en redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram y demás, mientras por un lado son una excelente herramienta para perfilado de consumidores y estudios de mercado, nos hacen creer que el mundo sigue siendo como lo pensamos, como lo imaginamos. Al entrar a cualquier plataforma digital, la inteligencia artificial entra en juego al analizar qué vemos, qué consumimos, de qué hablamos y a qué le ponemos atención, y nos muestra más y más contenido relacionado con esos temas que nos interesan, cerrando la puerta a aquello que no llama nuestra atención. El efecto creado, lejos de impulsar el diálogo, es cerrarnos los ojos a todo aquello que no conocemos o que no nos gusta, instalándonos en un universo perfecto en el que solo existe aquello que creo es relevante. Si mi afición es por los deportes, solo veré contenido relacionado con ello; si me gusta el anime o las historias de fantasía, ni soñar con encontrar contenidos ajenos a estos temas. El mundo, al contrario de estar interconectado y complementado, se convierte en cerrado, pero bajo la falsa ilusión de que es total.

Por todo eso es lógico que cuando un tema de importancia vital, pero que no nos afecta directamente (como el Día Internacional de la Mujer, la Marcha Gay, las luchas en Medio Oriente, los procesos políticos de otros países, y un largo etcétera), aparece en medios de comunicación, creamos tener todas las herramientas a la mano, no solo para conocerlos en su totalidad… sino para opinar. Si tenemos acceso a la red global de comunicación, y podemos comparar mensajes, es obvio que ya conozcamos de aeronáutica, deportes, feminismo, aborto, economía, democracia, monarquía, género, indigenismo… Y si además le sumamos el inagotable ego humano, nuestros conocimientos del tema siempre serán acertados. Nos hemos convertido en todólogos y, además, expertos en todología. Vaya época para estar vivos.

 

Intervención feminista a valla de contención, durante las protestas por el
Día Internacional de la Mujer de 2021.
Fuente: france24.com

 

No tiene nada de malo estar informado, o querer estarlo, y preocuparse por las cosas que suceden en el mundo, sobre todo si tenemos acceso a la información de primera mano. Recordemos, por ejemplo, el impacto que tuvo la televisación de la Guerra de Vietnam. Nunca antes se habían tenido imágenes de primera mano de una lucha bélica, y mucho menos en tiempo real, lo que provocó una agresiva opinión pública contra el intervencionismo norteamericano en otras tierras. Pues pasa algo similar, hoy en día basta con entrar a nuestro teléfono celular para enterarnos de lo que pasa en el mundo, solo que filtrado por el algoritmo, para que consumamos solo aquellos estímulos con los que estamos de acuerdo. Hay una solución, o al menos, creo que existe, pues recordemos, hablo desde mi subjetividad. Y me parece que esta solución es ser conscientes de nuestro punto de vista al momento no solo que opinamos de un tema, sino desde el cual consumimos la información. No podemos ser expertos en todo, mucho menos en temas que no nos afectan directamente, o que no nos hemos dado cuenta que no lo hacen. Y, sobre todo, sugiero siempre escuchar a los que sí son expertos. ¿Se discute el tema de energías limpias? Probablemente yo, que soy comunicólogo, sepa poco o nada del tema. ¿Vamos a hablar de la lucha feminista? Tal vez lo más adecuado sería escuchar la voz de mujeres que han sufrido violencia sistemática, en vez de nuestro amigo de prepa que nunca ha salido de la colonia de primer mundo. ¿Va a haber un partido de futbol del otro lado del mundo? Quizá, si nunca he visto un partido en su totalidad, no tenga la información suficiente para opinar.

Todos tenemos derecho a tener una opinión, hacer un juicio de lo que queramos, eso es innegable, pues tampoco somos de hule. De lo que no tenemos derecho es a imponer nuestras ideas, nuestro concepto del mundo, nuestro color del cristal a través del que vemos la realidad, a aquellos que saben más del tema, o que simplemente piensan diferente. Lo que quiero decir es que todos podemos tener una opinión, pero en la mayoría de las ocasiones, hay opiniones que tienen mucha más validez que la mía, aunque me duela en el orgullo. ¿Recuerdan esa frase de “pensar antes de hablar”? Quizá sea momento adecuado para mantener la boca cerrada ante opiniones diversas, o entablar un diálogo con sus emisores, pues probablemente tengan puntos válidos en sus argumentos, en vez de una postura sesgada, subjetiva y egocéntrica, que surge de nuestra forma de ver el mundo. Ubiquémonos a nosotros mismos en el lugar desde donde vemos, sentimos, observamos y juzgamos el mundo. Tal vez, solo tal vez, no sepamos la verdad absoluta de todo.

 

Recomendación de la semana: Sugiero acercarse precisamente al libro Historia de nuestra idea del mundo, de José Gaos, o al menos a su introducción.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

Publicaciones recomendadas