Nuestro mundo representado, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: studentsforliberty.org

Eduardo Celaya 25/02/2021   12:50 p. m. Opinion-






Oda a la libertad

 

Hace años, cuando estaba en primero de secundaria, el profesor de arte nos dejó leer la trilogía de Orestes de Esquilo, y hacer un resumen. Aunque ya tenía algo de experiencia con la lectura, este texto, compuesto por tres obras de teatro griego clásico, me impactó mucho, pues siempre me ha gustado la mitología griega. La trilogía, única que se conserva completa de las trilogías clásicas del teatro griego, cuenta la historia de Orestes cuando regresa a Argos para descubrir que su madre, Clitemnestra, coludida con su amante, Egisto, han matado al rey de Argos y padre de Orestes y Electra, Agamemnón. Las tres partes del drama narran la muerte del rey, en la primera parte; la venganza de Orestes y Electra, matando a Egisto y a Clitemnestra, en la segunda; y la persecución y absolución por el crimen de Orestes, por la intercesión de Atenea y Apolo, en la tercera.




Traigo a colación el tema porque en días recientes he estado pensando mucho en el concepto que tenemos de libertad humana y, sobre todo, del derecho de la libertad. En el caso de Orestes, por ejemplo, a pesar de ser un mito, refleja la idiosincrasia del pueblo griego antiguo que, a pesar de estar separados políticamente, compartían cultura y formas de pensar. En la Antigua Grecia, el gran motor de la historia era el Destino, así, con D mayúscula. Una fuerza insuperable, omnipotente, de la cual ni siquiera los mismos dioses podían escapar. Así como Edipo se vio obligado a matar a su padre y procrear con su madre, así como Cronos fue destronado por su hijo Zeus, de la misma manera Orestes no podría escapar de su destino, que era vengar la muerte de su padre al asesinar a su propia madre. La historia de cada individuo en el mundo ya se consideraba establecida desde el momento de nacer, y no había forma alguna de escapar de este destino.

Esta concepción del mundo y la vida, en el que el Destino determina qué y cómo haremos cada acción de nuestras vidas, deja poco espacio para la libertad, pues todo ya está establecido desde un principio; pero también conlleva que la responsabilidad de los actos no es del todo del individuo. En Eumenides, la tercera parte de la Trilogía de Orestes, Apolo, quien aboga a favor del héroe griego, señala que al matar a su madre, Orestes solamente estaba cumpliendo con su destino, que era vengar la muerte de su padre, por lo que la culpa del matricidio no era del todo suya. Este argumento es aceptado por Atenea, a pesar de los reclamos por el alma de Orestes que las eumenides sostienen, para poder atormentarlo por toda la eternidad. Orestes, por lo tanto, no es castigado más allá de la pena que lo embarga por perder a sus dos padres; civilmente no recibe ningún escarmiento.

 

Clitemnestra titubea antes de dar muerte a Agamemnón. Guérin, 1819
Fuente: commons.wikimedia.org

 

Si viajamos un par de siglos más adelante, a la expansión del cristianismo, una de tantas religiones de misterio surgidas en el Medio Oriente, la concepción de libertad cambia radicalmente. El motor de la historia dejó de ser el Destino: Dios tomó su lugar. El Dios único cristiano, sin embargo, era presentado por los profetas con una concepción del mundo completamente diferente. El hombre es totalmente libre para decidir y tomar acciones en su vida, pues una de las más grandes gracias que el Creador dio a los hombres fue el libre albedrío. Sin embargo, así como la concepción del Destino clásico libra de cierta manera al hombre de la responsabilidad, el concepto de libertad cristiana carga de responsabilidad nuestras acciones, pues a cada acción corresponde una reacción, y dichas reacciones pueden afectarnos a nosotros y a los demás. Si tomamos en cuenta el sistema social de la Antigüedad, que más que nada se componía por pequeños grupos sociales, en su mayoría nómadas, y a veces sedentarios, la cooperación y el trabajo comunitario era de gran importancia. No es de extrañar, entonces, que la responsabilidad individual, aunada a la supervivencia del grupo, fueran elementos clave del desarrollo social.

La idea cristiana del mundo se expandió, como bien sabemos, por todo Occidente, llegando incluso a América por medio de la evangelización. La libertad, la responsabilidad y la culpa son piedras angulares no solo de nuestra concepción religiosa, sino de la vida social, jurídica y familiar. Quien la hace la paga, se escucha comúnmente, pero es prácticamente imposible escuchar a alguien decir que realizó tal o cual acción porque ese era su destino, eximiéndole de las cargas de sus acciones.

Es tanto el cambio de mentalidad, que en el siglo XX Jean Paul Sartre retomó la historia de Orestes y la resignificó, en su obra de teatro titulada Las Moscas, una alegoría de la invasión y ocupación nazi a Francia, y la colaboración de ciertos de sus connacionales con el enemigo invasor. Es curioso que la historia toma lugar nuevamente en Argos, y los personajes son los mismos: Orestes, Electra, Clitemnestra, Egisto, las erinias; solo que en esta ocasión se incluye un nuevo personaje que no aparece en el drama de Esquilo: Júpiter. Nótese que el personaje no se llama Zeus, el nombre griego del rey del Olimpo, sino Júpiter, el nombre latino que se le adjudicó al mismo dios cuando Roma invadió las ciudades-estado griegas. Júpiter, es decir, el rey de los dioses del pueblo invasor. El pueblo, gobernado por Egisto y Clitemnestra, no puede ver a Júpiter, quien está disfrazado, pero sí siente su yugo y opresión. Júpiter da ordenes a Egisto, un débil cobarde manipulado por Clitemnestra; Júpiter mueve los hilos del drama, e incluso siente una verdadera amenaza con la presencia de Orestes.

 

Jean Paul Sartre
Fuente: telam.com.ar

 

Aunque la historia narrada por Sartre sea muy similar a la de Esquilo, la principal diferencia surge en el final del drama. Con Esquilo, Orestes y Electra acuden a buscar el favor de Apolo para que interceda por ellos ante el tribunal de Atenea. En el drama de Sartre, sin embargo, Orestes jamás busca el favor de los dioses, a pesar de los ruegos de su hermana Electra. Orestes, orgulloso y responsable de sus actos, asume la responsabilidad de la muerte de Egisto y Clitemnestra (bastante sangrienta y gráfica en esta versión, por cierto) y decide cargar con las culpas de su crimen. Las moscas, llevadas a Argos por Júpiter, acosan sin piedad a Orestes, mientras él acepta el suplicio, pues ha sido él, con su propia mano, quien ha matado a su madre, en uno de los crímenes más terribles de la literatura universal. Electra no comprende esta conducta y, perseguida también por las moscas, ruega la piedad de los dioses, nacionales o extranjeros, no desea asumir su responsabilidad en los asesinatos.

La diferencia fundamental entre Orestes y Electra es que Orestes ha viajado, y cuenta con la guía de un personaje conocido solamente como El Pedagogo. Es decir, Orestes ha leído, ha conocido diferentes culturas, se ha instruido y ha entendido el concepto del mundo, no solo de Argos, sino de otras naciones. En sus viajes, ha comprendido el concepto de libertad heredado del Cristianismo y perfeccionado por el Protestantismo, el mismo que gobierna nuestras sociedades. Aquel que comete un acto, debe cargar con sus consecuencias, sean estás favorables o no. Este Orestes moderno, aunque titubea, jamás acude a buscar el perdón de los dioses, entiende que ha sido movido a la venganza por su hermana y por un extraño sentido del honor (tomemos en cuenta que Orestes no vivía en Argos, pero sí era el hijo de Agamemnón) derivado de la sangre y su posición política, pero no del amor filial. Este Orestes moderno es un hombre libre, en toda la extensión de la palabra.

Sartre, por medio de su obra, nos presenta una reflexión de las responsabilidades y las cargas morales de nuestras acciones. En 1943, en plena confusión moral por la Segunda Guerra Mundial y ante la ocupación francesa por el invasor, presenta un mito clásico griego, cargado de sus tesis sobre la libertad humana y la capacidad de las personas de determinar su propio destino. La libertad, por lo tanto, no es un regalo gracioso de Dios, que nos permite hacer y deshacer a nuestro gusto; eso es libertinaje. La libertad es un arma de doble filo, algo así como la esperanza que escapa de la Caja de Pandora, una herramienta para alcanzar la plenitud de nuestros espíritus, pero también una posible causal de nuestra desgracia. La libertad, estimado lector, es nuestra para ejercer con responsabilidad, con inteligencia y, sobre todo, con capacidad de análisis pues, aunque se nos venda el discurso de que somos libres para decidir nuestras vidas, no perdamos de vista que esas vidas se desarrollan en una comunidad, en una sociedad con reglas, normas e ideales, y que todo aquello que hagamos, eventualmente, tendrá una consecuencia, para bien o para mal, para nuestra vida en sociedad.

 

Recomendación de la semana: Evidentemente, recomiendo la lectura de Las Moscas (1943), de Jean Paul Sartre, y complementariamente, si se gusta, el ensayo El individuo y la historia (1968), de Karel Kosic.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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