En mi humilde opinión, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: auralcrave.com

Eduardo Celaya 24/01/2021   02:21 p. m. Opinion-






Bienvenida Postmodernidad

 

Cuando todo esté a punto de estallar
Brindaremos por la fatalidad
A la salud de la vieja Europa




- Europa Superstar, La Casa Azul

 

Dijo Marshall Berman que la Modernidad es “una forma de experiencia vital compartida por todos los hombres y mujeres del mundo, en la actualidad”, en su ya célebre obra Todo lo sólido se desvanece en el aire, publicada por primera vez en español en 1988. En este texto también se incluye un capítulo de lo que sería la experiencia postmoderna, la cual tiene atisbos de materializarse en algunas culturas del mundo, aunque en otras, la Modernidad apenas se va imponiendo. Vale la pena entonces, tratar de entender que significan estos dos conceptos, Modernidad y Postmodernidad, para tratar de tener un acercamiento a lo que realmente estamos viviendo en tiempos recientes, y que se ha magnificado de forma exponencial con la crisis mundial sanitaria del COVID-19.

Definiciones de Modernidad hay muchas, y en este texto rescato solo algunas: “experiencia inusual de los lenguajes del hombre, en respuesta a esa voz desconcertante, no prevista, que pronuncia la historia y que simula dejar atrás todos los tiempos, voltear las viejas narraciones que representaban al mundo”, dice Nicolás Casullo; mientras que J.B. Thompson menciona que lo característico de la modernidad es “el hecho de que, desde fines del siglo XV, la producción y la circulación de las formas simbólicas han estado creciente e irreversiblemente atrapadas en procesos de mercantilización y transmisión que ahora poseen un carácter global”. Michel de Certeau, por su lado, indica que “el hombre ordinario presta al discurso el servicio de figurar en él como principio de totalización y como principio de acreditación: le permite decir es cierto para todos y es la realidad de la historia”, sin dejar de lado los conceptos de desencantamiento del mundo e individualización de Max Weber.

De todas estas definiciones, y muchas más, podemos sacar algo en común. La modernidad es una especie de experiencia en común, una globalidad cultural que establece que hay una sola historia, un solo progreso y una sola realidad. Este discurso, que cristalizó a lo largo del siglo XX, permeó todas las ideologías prooccidentales, en su afán de unificar todo bajo las mismas definiciones, y llegar a una humanidad globalizada. De ahí que la religión, la cultura, el mercado, la economía y el modo de vida occidental se postulara como el único y verdadero, muy parecido a lo que pretendieron las Cruzadas hace siglos, solo que ahora por todos los frentes.

 

Fuente: twitter.com

 

Este discurso (que no es más que un discurso con una carga ideológica innegable) se transmitió por todos los elementos de la educación, la cultura, la publicidad, el arte de Occidente, para demostrar que todo aquel que no encajara en este modelo, o estaba atrasado, o era un rebelde, y debía ser incorporado, noción muy cercana al universo orwelliano que tan horrorizante nos parece a la fecha. Tras la caída del Muro de Berlín, y el triunfo de Estados Unidos, el éxito de la Modernidad se hizo patente. Ya no había rivales a la condición moderna.

Sin embargo, en años recientes esta idea de lo moderno se ha venido derrumbando, y entramos en una crisis cultural que puede calificarse de Transmoderna, siguiendo a Rosa María Rodríguez, es decir, un nuevo reordenamiento cultural a partir de los proyectos inconclusos de la Modernidad, una especie de empalme de lo moderno y lo posmoderno en lo que, citando a Brecht, lo viejo no acaba de morir, y lo nuevo no acaba de nacer. Por otro lado, Enrique Dussel menciona que la Transmodernidad es un proyecto alterno a la Modernidad y a la Postmodernidad, en el que se observan y analizan los fenómenos de forma mundial, pero desde una visión no eurocéntrica, en un intento de quiebre de la misma. Una visión mucho más optimista, desde mi punto de vista, aunque considero que ambas son complementarias en los tiempos que nos tocaron vivir. Agreguemos a la receta que el proyecto moderno sigue su curso sin tregua, encontrándonos en un momento en que tres o más proyectos para el futuro se encuentran en constante pugna por establecerse como los hegemónicos.

Por lo tanto, creo que ahora sí hemos entrado en eso que se llama Postmodernidad, para lo cual quiero citar nuevamente a ciertos autores, para tratar de definir este concepto: menciona Ana María Rodríguez que la Postmodernidad es una “crisis de la posibilidad y legitimidad de los discursos globales”; J.P. Rioux la define como una nueva coyuntura que “se situó a favor de los trastornos que alcanzan en lo más profundo las representaciones y los ideales, las mentalidades y las maneras de ser”; de Certeau, como “un desmoronamiento y una pululación de estas prácticas anteriormente reguladas por unidades locales estables”; y di Giorgi, “la sensación de que la modernidad está rota y que la racionalización de la vida es inaceptable e inhumana”. A fin de cuentas, la Postmodernidad es una ruptura total de los conceptos supuestamente universales de la Modernidad, un cuestionamiento de sus discursos, una atomización de la creación de conceptos, un regreso a la pluriculturalidad.

 

Fuente: makeameme.org

 

Ahora bien, la crisis sanitaria que se ha disparado en meses anteriores, y que, en México, apenas estamos empezando a reconocer como algo de importancia, está acentuando la atomización del mundo. Estamos pasando de un sistema globalizado, con un fuerte líder único que no permitía discursos disidentes; a un planeta separado, sin centro definido, en el que cada nación, y en ocasiones, cada región o ciudad, está viendo por sí misma, al encontrarse en total abandono por ese discurso totalizante de la Modernidad. La individualización propia del hombre moderno sigue haciendo estragos en nuestra manera de pensar, de salvarnos a nosotros mismos, sin entender que en el sistema mundial; entendiéndolo como unión entre mundo orgánico e inorgánico, naturaleza y cultura, hombre y bestia; lo que hace uno, afecta al otro. El egoísmo y la filantropía se dan a la par, solo que en dimensiones exponenciadas. No será de extrañar que resurjan los nacionalismos a ultranza, mientras vemos movimientos solidarios; medidas económicas proteccionistas, enfrentadas a apoyos sociales desinteresados; empresarios que cuiden a sus empleados, junto a sociedades que se protegen a ellas mismas y a sus socios, dejando desprotegida a la mano de obra.

A fin de cuentas, el mundo como lo conocemos está agonizando, estamos en una profunda crisis en todos los ámbitos, léase cultural, social, económico, político, familiar… Reusarnos a ver este cambio inminente será tal vez el peor error que como humanidad podemos cometer. He leído en varios lugares (redes sociales, sobre todo) que ojalá todo acabe y regresemos pronto a la normalidad (sic). Yo diría, con todas las licencias que me permito a mí mismo, que ojalá no regresemos a lo que era antes, porque dicho modelo de realidad se ha agotado. El discurso de la Modernidad ha probado ser fallido, aunque no sepamos a ciencia cierta qué es lo mejor para los tiempos por venir. Si estamos en transición Postmoderna, si estamos instalados en la Transmodernidad, si la Modernidad regresará más agresiva que antes, eso solo el tiempo lo dirá. Lo que podemos hacer, como ciudadanos del mundo, es estar preparados para el cambio, pues como bien dice el dicho, lo único que no cambia, es el cambio mismo.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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