En mi humilde opinión, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: infobae.com

Eduardo Celaya 12/01/2021   05:08 p. m. Opinion-






Fructuosissimum Semper

 

Recuerdo que hace ya varios años, siendo un niño, solíamos ver películas en VHS en casa, rentadas en el Blockbuster de Plaza Mayor, allá en León, Guanajuato. En una de esas ocasiones, mi hermano recomendó que viéramos The Full Monty (1997) que, si mal no recuerdo, narra la historia de unos obreros ingleses que al enfrentar una severa recesión económica, se quedan sin trabajo. Es tal la crisis económica en su pequeño poblado, que una gran mayoría de los hombres en edad productiva se encuentran desesperados buscando en qué ocuparse, pero no porque ansíen el cansancio muscular y el alejamiento de la casa familiar, lo hacen porque no tienen ingreso alguno.




La cinta tiene un tono cómico, cuasi fársico, pues más allá de explorar las desgracias del desempleo en la sociedad moderna inglesa, se enfoca en cómo los obreros resuelven la falta de dinero: montan un show de strip tease masculino, el cual tiene tal éxito, que al final de la película, todo es risas y felicidad, al ritmo de You can keep your hat on, mientras vemos a aquellos nada estéticos cuerpos con poca ropa, pero disfrutamos de un mensaje agradable. Pero lo que más recuerdo es una de las frases que más pasan desapercibidas de la cinta. Uno de los personajes, que llevaba ya meses buscando trabajo, le dice a otro, palabras más palabras menos, que es sumamente cansado no trabajar. Lo que realmente me impactó fue que mi papá dijo “sí es cierto”. En ese momento no lo entendí, pues era apenas un mocosito que no sabía ni dónde estaba parado.

Recordé esta línea de esa película porque todo el año pasado, así como otros años anteriores he tenido un verdadero sufrimiento interno que, quiero pensar, no soy el único en padecerlo. Creo que ni siquiera debo recordar el contexto en el que nos encontramos actualmente, siendo 2020 uno de los años más infames, en cuanto a recesión laboral y política, en las últimas décadas. Sin embargo, uno de los temas de los que casi no se habla, o se hace muy poco, es de los graves problemas de salud mental que la población está enfrentan. Los niveles de ansiedad, depresión y enojo en la población son cada vez más difíciles de esconder. Basta entrar a una publicación cualquiera en Twitter o Facebook, para encontrar gente que parece que se pelea por deporte, y vaya que tienen práctica, pues puedes llegar a discutir hasta por si aún se debe acentuar solo, o no, como indica la RAE.

 

Fuente: review2view.com

 

Pareciera que el mandato para tener una vida tranquila, en estos tiempos extraños que vivimos (a los que ya no atino sin son modernidad, posmodernidad, modernidad tardía, transmodernidad, o todas las anteriores) es ser siempre productivo. Pensar, desayunar, soñar, imaginar, procurar siempre producir más y más. La diferencia con las épocas anteriores, en las cuales autores como Max Weber hablan de la sagrada hambre de oro (que término más bello para describir la avaricia), es que actualmente no queremos acumular capital o apropiarnos de los medios de producción. Hoy en día, este exceso de productividad es fundamental si queremos tener una vida medianamente digna. Y sí, escogí el término digna, porque es precisamente ese el caso. Mi generación, por ejemplo, los millenials, a los que nos llueven críticas por tener perritos en vez de bebés, y que, supuestamente, no nos gusta invertir ni ahorrar para el futuro, simplemente estamos imposibilitados ya no digamos para comprar un terreno a los 25 años; ni siquiera para pagar una renta en un lugar decente, sin que tengamos que compartir el espacio con una, dos o tres personas más. ¿Tener hijos? Apenas podemos mantenernos nosotros, pensar siquiera en tener una familia es un lujo que muchos de los de mi edad no osamos imaginar. El problema radica en que no somos poco productivos, no nos gusta la vida fácil ni queremos evitar la fatiga. En ocasiones tenemos hasta tres trabajos simultáneos, licenciatura y maestría, a veces varias especialidades, y ni así nos alcanza para sacar la cabeza un poco para respirar.

Alguna vez leí un poco de La historia de la locura de Michel Foucault. Quien se haya dado una vuelta por este autor sabe que es difícil de leer, pero satisfactorio cuando se le entiende. Lo que me gusta rescatar de este texto, sobre todo cuando hablo de la vida moderna, es cómo el ser productivo es un mandato fundamental para cualquier persona, ya no solo los varones, desde que la Modernidad comenzó en Occidente. Una de las tesis que rescaté de Foucault es que a los locos y a los criminales se les encierra, como parte de los mecanismos de poder del Estado, precisamente porque no son productivos, sino todo lo contrario. Es población a la que hay que mantener, a la que no se le puede tener libres en las calles, pues afectan el sistema económico predominante en Occidente, el bendito capitalismo, y por lo tanto, hay que recluir para poderles controlar, de ahí que se hayan inventado los manicomios y las cárceles como instituciones estatales que velan por el bien común.

 

Fuente: treslineas.com.ar

 

Si uno sufre la desgracia de no ser criminal o loco en la actual sociedad, sino que se encuentra en edad económicamente activa, la cosa se pone peor. Y es a este punto al que quiero llegar. Si ese personaje de la película dice con toda amargura que es más cansado no tener trabajo que tenerlo, es precisamente porque la angustia mental de no ser suficiente es aplastante. El saberse con herramientas para producir, como es el mandato de la estructura económica contemporánea, pero no poder llevar el pan a la mesa, o peor aun, ver a los seres queridos haciendo sacrificios porque no hay trabajo es angustiante, aterrador. Yo no podría imaginar la tristeza que invade todo el día a un padre de familia que no puede salir a trabajar, o no tiene medios para subsistir, sabiendo que de su trabajo dependen sus hijos. Pero más allá del no tener ingresos, la pesadumbre es mental, porque hemos sido educados, desde los primeros grados escolares, a que el trabajo dignifica al hombre, y no que el hombre dignifica al trabajo. La institución, como suele pasar, se ha colocado por encima de sus protegidos, y en estos meses de encierro y recesión económica, es más importante proteger una compañía, unas acciones o una empresa, que a las personas que la formaron.

Aún nos quedan muchos, muchos meses de esta incertidumbre, de esta tristeza aplastante y esta ansiedad por no saber realmente qué va a pasar en el futuro. Tengamos trabajo o no, podamos tener ingresos o no, me parece que es tiempo de ir cambiando la cultura de ser siempre productivo, y buscar alternativas que nos den valor por nosotros mismos, no por lo que hemos producido, o dejado de producir. A fin de cuentas, dudo mucho que estemos en esta vida para enriquecer o enriquecernos, y que la dignidad humana no depende de su pertenencia a la edad económicamente productiva.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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