En mi humilde opinión, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: bostonglobe.com

Eduardo Celaya 29/05/2020   09:00 a. m. Opinion-






¿Qué está pasando en Minneapolis?

 

Si usted, como la mayoría de la gente que está en encierro “voluntario” por la emergencia sanitaria, se ha paseado por Facebook en estos últimos días, se habrá dado cuenta que en numerosas ocasiones se comparten fotografías de las protestas violentas por el asesinato a sangre fría de George Floyd. La primera impresión al ver estas publicaciones es sencillamente impresionante. Destacan los tonos rojizos y oscuros de las llamas, los puños alzados, los gestos de furia y reclamo, perceptibles aun por debajo de los cubrebocas de los manifestantes, y sobre todo, la represión a manos de algunos policías que, evidentemente, no son los protagonistas de la colección.




Este texto no es para discutir la hipocresía de aquellos que ahora apoyan estas protestas, pero se quejan de las que pasan en suelo nacional, eso se lo dejo a las redes sociales. Quisiera hacer un análisis somero de por qué está pasando esta protesta, y a este nivel, precisamente en una de las crisis humanitarias más graves de la historia conocida. No es desconocido por nadie que estamos en un ambiente cargado de estrés y ansiedad, que las afecciones mentales se están disparando, y que cualquier pequeña chispa, como la muerte innecesaria de un hombre indefenso a manos de un policía, estallará en una revuelta que apunta a cobran relevancia internacional. Sin embargo, lo interesante es el trasfondo, no de un par de meses, sino de siglos, que ha llevado a este estallido.

Repasemos un poco la historia. Hace algunos siglos, en lo que conocemos como el nacimiento de la Era Moderna, una revuelta encendió las pasiones violentas de un pueblo, específicamente el francés, harto de humillaciones y malos tratos, harto de no tener derechos y observar pasivamente a una aristocracia corrompida que abusaba hasta extremos vulgares de su posición privilegiada. Tan impresionante fue el suceso que hoy lo conocemos con mayúsculas: la Revolución Francesa. Esta revolución, que en muchos discursos historiográficos inaugura la Era Moderna, fue una verdadera revolución en todos los ámbitos de la vida del hombre occidental, tanto social, económico, afectivo, espiritual, cultural, etc. Este estallido violento, a pesar de ser el más famoso, no fue el primero ni el único. No olvidemos la Revolución Inglesa, un siglo antes, y en la que también le cortaron la cabeza a su rey, nada menos. Que hoy en día haya realeza en Inglaterra es consecuencia de las negociaciones que se dieron después de esta guerra civil, pero es una realeza supeditada al Parlamento, y que hoy en día es más decorativa que funcional.

 

Fuente: conceptodefinicion.de

 

Otras revoluciones contra en Antiguo Régimen se han dado en otras regiones del mundo, como las Revoluciones Latinoamericanas, la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Rusa o la Guerra Civil Española. Todas ellas tienen algo en común, el hartazgo de una sociedad que no era más la prioridad de sus gobernantes, sino el simple soporte de los excesos y la opulencia de una clase acomodada, demasiado ocupada en cumplir sus deseos y caprichos como para darse cuenta del desastre que existía más allá de sus narices.

Con estas revoluciones nace lo que hoy conocemos como el sistema moderno, democrático, representativo, puramente capitalista, racional y productivo, la Modernidad, pues. Aquella época histórica que se ha estudiado tanto, pero es poco comprendida, precisamente porque aun vivimos en ella, y es difícil definir algo de lo que se es parte. Este sistema social, que se ha intentado imponer a nivel mundial, con destacados fracasos por lograrlo, tiene su base en las ideas del Racionalismo y la Ilustración, específicamente en el Contrato Social de Rousseau, aquel que reza, en forma muy resumida, que el pueblo renunciará a ciertas libertades y otorgará el poder a su gobierno, a cambio de protección y seguridad ante la vida cotidiana. Es decir, que nosotros como ciudadanos hacemos un pacto con nuestros gobernantes: les damos poder y les pagamos impuestos, a cambio que ellos administren los bienes de la nación, nos protejan de las amenazas internas y externas, y aseguren nuestro desarrollo como seres humanos.

La propuesta de Rousseau no es mala, se fundamenta en una negociación racional y en un ganar-ganar. La clase aristócrata fue derrocada, aquella que gobernaba por mandato divino, otorgado por otro gran monarca, representante de Dios en la Tierra, el Papa, y sustituida por un gobierno de comunes, de gente del pueblo, los llamados burgueses. Pero como toda buena idea, fue corrompida rápidamente por el poder y la ambición, monetaria, en este caso, pues los burgueses ascendieron socialmente por su poder económico. Los burgueses fueron aquellos siervos feudales que, adentrándose en el comercio y el intercambio de bienes, se dieron cuenta que podían prosperar más siendo independientes que bajo las órdenes de un señor feudal. La pregunta lógica que estos pequeños burgueses originales se hicieron fue ¿por qué tengo que obedecer a alguien que tiene menos poder económico que yo, solo porque ellos lo dicen? Y nada, de ahí las revoluciones burguesas, que son, precisamente, las que ya enlisté más arriba.

 

Fuente: concepto.de/

 

Todos estos hechos, someramente resumidos, y sin mucho detalle, pues este no es un curso de nacimiento de la Modernidad, podemos transpolarlos a lo que estamos viviendo actualmente. El año 2020 venía ya con larga cola por ser pisada: las crisis democráticas, los problemas ambientales, los reclamos de los sectores ignorados de la sociedad, la violencia, el narcotráfico, el fracking, la corrupción e impunidad en las altas esferas de la sociedad, las injusticias sociales. Pero no había nada nuevo, todo parecía indicar que este año sería pan con lo mismo, hasta que estalló la crisis sanitaria del COVID-19, que nos obligó a encerrarnos en casa. Las epidemias y pandemias tampoco son fenómenos nuevos, son conocidas las grandes epidemias a lo largo de la historia, con menor o mayor impacto, y como ya se ha escrito muchas veces, lo nuevo de esta pandemia fue su escala global, pues el virus fue propagado por nuestro mismo sistema moderno capitalista. Las consecuencias de este encierro son, sin embargo, lo que habría que analizar ahora.

 

Mucho se ha hablado de lo que nos ha enseñado esta pandemia, pero quisiera rescatar un par de cosas: la evidente crisis del sistema social moderno y la nula preocupación del gobierno por la seguridad de los ciudadanos. Si recordamos la base del Contrato Social, entonces la conclusión es fácil de obtener, este contrato ha sido roto por una de sus partes, y cuando un contrato es negado por uno de sus contratantes, se anula. Es decir, ya no estamos más obligados a seguir los lineamientos de un gobierno, en el cual depositamos nuestra seguridad y confianza, si éste no hace su parte del trato. Los gobiernos modernos no se están preocupando por la seguridad de los ciudadanos comunes, por el grueso de la población, y si usted, estimado lector, tiene alguna duda de esta aseveración, dese una vuelta por los indicadores económicos y por las políticas gubernamentales que por la emergencia se han estado implementando.

 

Regresemos al caso de Minneapolis, que fue el pretexto para este texto. Lo que estamos viendo es el hartazgo de una sociedad fundamentada en mentiras y manipulaciones mediáticas, controlada por una élite acomodada, harta de humillaciones y malos tratos, harto de no tener derechos y observar pasivamente a una burguesía corrompida que abusa hasta extremos vulgares de su posición privilegiada. Y si es usted observados, la línea anterior es una copia exacta del tercer párrafo de este texto, solo que cambié la palabra ‘aristocracia’ por ‘burguesía’. Por eso, no extraña ver la furia de la gente en las calles, quemando estaciones de policía, el brazo violento del Estado, o denunciando abusos y vejaciones de la clase política que nos ha arrebatado de las manos precisamente una de las principales características del ser humano como ser social: el ser político. ¿Qué viene a futuro? No podría saberlo, esperemos que la historia no se repita… o sí, porque es evidente que, ante el desengaño de un contrato social vejado y olvidado, la ciudadanía ha de reclamar aquello que es suyo por naturaleza, el derecho a un desarrollo pleno y pacífico, sin tener que servir de soporte a los menos.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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