En mi humilde opinión, por Eduardo Celaya Díaz



Eduardo Celaya 21/04/2020   04:33 p. m. Opinion-






Los aguacates de Anahí

 

Una nueva aportación a la cultura nacional está rondando las redes sociales, un video donde la flamante Anahí prepara enfrijoladas con tortillas frías de nopal, llenas de fibra y saludables, según ella dice, frijoles mal machacados y un poco de queso. En apenas dos minutos “prepara” una saludable comida, o al menos eso parece creer ella. Las críticas de los opinólogos no se han hecho esperar, y venga, que yo también he participado ¿Cómo no hacerlo ante tal muestra de gracia y conocimiento culinario? Hasta se puede observar cómo la tortilla fría se troza cuando la dobla, y confieso que sentí feo. Una tortilla trozada es una verdadera grosería.





Pero el tema no queda solamente en la completa falta de tacto culinario de esta pseudoartista. Creo que esta manifestación cultural da para hablar mucho sobre lo que es nuestra cotidianeidad en este país, y en muchas otras latitudes. Una completa indiferencia por los demás, una falta de empatía escandalizante, y un desprecio por el saber ajeno, cuando se le considera completamente inservible. ¿De dónde saco tantos adjetivos tan exagerados? Hagamos un análisis de lo que está pasando, rescatando una anécdota que me gusta mucho recordar cuando se nombra a esta mujer en alguna conversación. Una anécdota titulada “Los aguacates de Anahí”.

 

Fuente: Quadratin.com.mx

 

 

Tomé un taxi por los rumbos donde viven mis padres, cuando yo también vivía por allá. Me tocó uno de esos taxistas que gustan de la conversación. Yo no soy muy platicador, pero a veces me agrada intercambiar impresiones con algún desconocido, sobre todo si tiene buenas habilidades para ello, y este taxista era especialmente fluido en su plática. En fin, para no hacer el cuento largo, me contó que alguna vez le llamaron a una casa en un residencial bastante elegante, para mandarlo a comprar dos aguacates al supermercado, para preparar una mascarilla. El taxista hizo el mandado, fue a una tienda y compró los dos aguacates más agradables que encontró. Al llegar a hacer la entrega, los aguacates fueron rechazados. “Están muy duros”, fue la razón, así que regresó a la tienda a cambiarlos y la respuesta fue la misma. En un ir y venir por aguacates idóneos, aparentemente para hacer una mascarilla (blasfemia, no comer aguacate), y un cansado recorrido por todos los supermercados de la zona terminaron con la paciencia de la clienta y, obviamente, del taxista.

Yo escuchaba intrigado esta historia, preguntando frecuentemente qué más había pasado. En verdad era un gran narrador. Finalmente, en su desesperación, relató mi compañero de trayecto, se detuvo en una esquina, pues vio una camioneta donde vendían el preciado fruto verde. Comentó al vendedor su odisea, mientras escogía aguacates lo suficientemente firmes, pero aguados, para crear una buena mascarilla. El vendedor, con toda la sabiduría de los años de experiencia, tomó dos aguacates, los amasó con las manos, y se los entregó. Estos aguacates fueron del agrado de la clienta, que sobra decir, era Anahí (al menos en el relato, dudo si fue cierto o no, pero es divertido). Al momento de pagar, la consecuencia fue obvia, las dos frutas tuvieron un costo de $400 para la clienta. El enojo de ella no se hizo esperar. ¿Cómo es posible que dos simples aguacates cuesten tanto? masculló ella, a lo que el taxista simplemente contestó que, después de ir y venir de tienda en tienda por aproximadamente dos horas, el cobro era lógico. La mujer pagó, y terminó la anécdota, no sin antes reír bastante con este desenlace.

 

Fuente: lasillarota.com

 

 

Regresemos a la receta de las enfrijoladas y encontremos por qué me pareció tan degradante este video. Lo que logré encontrar al recordar los aguacates fue que Anahí, tanto como la gran mayoría de los habitantes del presente, yo incluido, vivimos en una burbuja en donde todo gira en torno a nosotros. ¿Qué tan difícil puede ser preparar enfrijoladas, si se ven sencillas? ¿Qué tanto vale el tiempo y gasolina de un taxista, si no me trae aguacates ideales para mis propósitos? ¿Qué tanto debo pagarle a un empleado por ejercer su profesión, si para mí es aparentemente sencilla? ¿Qué tanto estoy obligado a pagar impuestos, usar cubrebocas, respetar el paso peatonal, ceder el paso, no insultar a los demás, y un largo etcétera? ¿Hasta qué grado la vida moderna se ha convertido en un ‘sálvate a ti mismo, aun pasando sobre los demás’? A fin de cuentas, no es Anahí un demonio moderno al que podamos señalar de los grandes vicios de la modernidad, es solo uno de sus síntomas.

Entendiendo que estamos todos insertos en un mundo que vela solo por lo propio y niega la vida social, podemos entender por qué una causa social no nos importa, sino hasta que la sufrimos. En estos tiempos de pandemia, esto es más evidente que nunca, pues es innegable que un gran sector de la población niega la existencia de la emergencia sanitaria, pues no conocen a ningún enfermo. Y tampoco parece extraño que surjan movimientos como los anti-vacunas, los terraplanistas, o aquellos que reniegan de los médicos o los científicos, al no considerarlos necesarios para su vida cotidiana. ¿Recortar becas a estudiantes? Adelante, a fin de cuenta no me afecta. ¿Paro feminista? Que molesto, que se pongan a trabajar, flojas. ¿Personas sin seguridad social y con sueldos raquíticos? Sin importancia, mientras mi empresa tenga utilidades, que solo son para mí. ¿Poner atención en una clase en línea y pagar colegiatura? Injusto, pues si no voy al salón de clases, no debería pagar completo. Y así podemos seguir citando ejemplos que son solo síntomas de este sentimiento individualista que ha permeado toda nuestra existencia.

¿Qué va a pasaren los meses y años por venir? Es incierto saberlo, pues estamos viviendo una verdadera crisis social y cultural. Ojalá rescatemos esa empatía que siempre ha sido el sustento de la vida social, y no un estorbo para obtener utilidades, y nos demos cuenta, primero a nivel micro, y después a escalas mayores, que somos parte de lo mismo, que vamos en el mismo barco y que todo esta conectado. Ojalá cuando encarguemos unos aguacates, seamos conscientes que hay que pagar completo por dicho servicio. No todo el mundo gira en torno a hacerme una mascarilla.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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