ARTESANÍA POLÍTICA, por Jorge Luis Oliva



Foto: zonaj.net

Jorge Luis Oliva 05/02/2020   10:43 a. m. Opinion-






 

Tríptico de Luces y Sombras II

La violencia desatada, el otro y su inexistencia.

 




A menudo nos preguntamos, y con justa razón, ¿Qué somos? ¿Quiénes somos?, estas preguntas, sin clara respuesta son el centro de nuestro intento ontológico por reconocernos a nosotros y a los otros. Por eso en esta segunda parte del análisis me centraré en esa parte que solemos llamar “los otros”, ¿Quiénes son? ¿Por qué son? ¿Para que existen? Y, ya aclarados estos puntos abordaremos su génesis violenta y como esta ruptura del ser nos lleva constantemente al escenario que marca hoy la vida de este país.

 

¿Qué es el otro?

Es una pregunta sencilla de responder, “el otro soy yo” ¿Sí? ¿El otro soy yo? Vaya mentira existencialista la que nos hemos tragado durante tanto tiempo, el otro no puede ser yo, en absoluto, por que la génesis del otro es separatista y excluyente, existe en ella una raíz violenta que da a luz la idea de que aquel que no es como yo no es sujeto de vida y de derechos, en otras palabras, al otro, se le quita su calidad de humano.

Por eso, quienes vengan a decir con todas sus ínfulas de superioridad moral que la otredad debe amarse, no ve por completo el contexto en el que esa otredad se incierta y desarrolla. Con esa declaración sin base y razón, solamente están alargando una ceguera categórica que nos hace entender mal nuestro entorno.

Aquí es justo cuando la confusión se hace presente, se entiende que el otro es “el prójimo” y en concordancia con el mandamiento de Dios, se debe amar esta figura sin importar qué o cómo, sin embargo, hay diferencias suspicaces que le dan un giro a esta loable aseveración. El prójimo es una categoría de igualdad, en ella existe un reconocimiento mutuo en el que se comparten valores, moral y ética, terrenos en los cuales (recordando a Badiou) también se ejerce la violencia, en el prójimo existe un acuerdo de convivencia pacífica per se, ya que se han establecido reglas que permiten crear el espacio necesario para el desarrollo de una igualdad de condiciones ontológicas; por lo tanto, esa figura igual, con la que me reconozco, siendo el prójimo de otro prójimo, es en realidad una violencia disfrazada de un amor infértil.

El otro entonces, al no compartir valores, moral y ética sentencia su existencia al abandono y al escaso reconocimiento que se estrena constantemente con voz de humanidad y necesidad de ayudar al desvalido, pero va más allá, parafraseando a Rawls, sin esta necesaria concatenación de ideas que forman un ethos específico, el otro no es merecedor de justicia.

 

Somos el prójimo.

¿Alcanzan a ver hacia donde me dirijo? ¡Nosotros! ¡Nosotros, somos el otro!, se supone que dentro de las sociedades democráticas, o en vías de democratización, incluso en las plenamente democráticas, esta distinción no debería existir, sin embargo, se hace necesaria para poder establecer mayorías, es pues, el valor excluyente de la democracia, que le da a esta su razón de ser: pongamos como ejemplo el caso del país.

México es una nación en vías de democratización, según la última medición de la calidad democrática, estamos más cerca de ser una régimen híbrido que deuna democracia plena ¿Por qué? Porque entendemos mal el juego, pensamos que nuestra responsabilidad es solamente el escrutinio cada cierto tiempo, lo que da la fórmula perfecta para que no exista garantía de absolutamente nada, este vicio es propio de las democracias representativas, cuyo mejor atributo es menospreciar el papel del ciudadano en la toma de decisiones, pero bueno, no nos desviemos del tema.

 

Foto: razon.com.mx


Este contexto, en el que nuestra orgullosa democracia nos
inserta, en realidad nos separa, a la hora del voto, en la dicotomía amigo-enemigo, que disfrazan hábilmente bajo la categoría de adversario, es decir, el ejercicio del voto es la develación de la minoría a la que pertenecerá esa otredad que debe reconocerse a medias, pero sabiendo que no comparten los nuevos valores democráticos que están por nacer.

No, no estoy persiguiendo mi cola, ya les explico a qué me refiero, en las elecciones pasadas surgió algo muy,  pero muy curioso con el voto. Cuando se dan los resultados se termina de afianzar una división que el otrora candidato presidencial hizo a manera de chascarrillo, chascarrillo que tomo dimensiones de categórico social, hoy por hoy, sabemos que existe un demográfico llamado fifí que se escapó de aquel porcentaje que escruto a favor de AMLO, dicho porcentaje constituye, por ese solo aspecto, una otredad que queda relegada al vilipendio político y al señalamiento social de lo distinto.

No se trata aquí de una diferencia histórica entre izquierda y derecha, aunque estos bandos han sido nombrados constantemente en nuestra reciente historia, lo cierto es que carecen de cualquier tipo de valor y hace mucho han sido superados, lo que queda, son restos de mera nostalgia política que se traduce en un intento por catalogar una realidad que ya se escapa de sus límites.

Ergo, en aquel momento se estableció una división que engendra una violencia sistémica que ha ido permeando el espectro social en todos sus aspectos, lo que el ahora presidente no alcanzó a ver –o quizá sí- es justo la polarización a la que daría pie, polarización que para ser sinceros, resulta innecesaria con la inestabilidad que el país carga en estos momentos.  

Continuando pues con el hilo de razonamiento que venimos desarrollando, el prójimo se reduce numéricamente a 30 millones de sujetos que representa en realidad, una minoría dentro de una totalidad heterogénea y cambiante. Dicho esto, habrá que poner atención en la forma en que esta violencia sistémica se comienza a conformar y a unir con aquella que es ejercida por la descomposición social, es decir, al ya entramado problema de violencia que aqueja a la población, se suma otra violencia que en principio se encontraba ciertamente focalizada, y que con el paso del tiempo se ha venido diluyendo hasta el extremo de no hacer ningún distingo.

Y sí, la violencia actual no es culpa del gobierno actual, en eso tiene razón, pues esta otredad que les vengo dibujando, nació por allá del sexenio calderonista, sin embargo, de lo que si responsabilizo completamente al gobierno actual es la necia necesidad de fomentar una polarización innecesaria y mucho peor aún, no tener clara una estrategia de seguridad que mínimamente de un respiro inmensamente necesario.

 

Foto: radioamlo.org


El problema central de la administración actual es ese ánimo historicista que se centra en la teoría del elegido, cuya nueva rama radica en una transformación de la vida pública del país (la cuarta, según ellos), pero va más allá, el asunto es que este esfuerzo no está en la manera de administrar y tomar decisiones, dicha transformación radica realmente en la figura del presidente, ya que este representa una especie de futuro próximo de prosperidad y desarrollo.

El problema de la violencia que nos aqueja tan profundamente se encuentra totalmente desatendido y parece que no existen posibilidades de que próximamente se pueda emprender algún tipo de esfuerzo, o incluso ocupar un espacio en la agenda pública, para que con ello, se puedan generar políticas que minimicen el problema y sienten las bases para un trabajo a largo plazo que dé resultados satisfactorios.

Por otro lado esta una oposición que además de silenciosa, parece inexistente, en este momento, es cuando los contrapesos son más que necesarios, sin embargo, a la distancia tampoco aparecen, como podemos darnos cuenta, este país, además de roto esta sin esperanza, anda rebotando entre visiones mesiánicas y silencios incomodos que lo único que nos dan es la certeza de lo incierto.

En conjunto, hemos ido desapareciendo y al mismo tiempo la inexistencia ha ido cobrando mucho más sentido, insisto en el hecho de que efectivamente, este gobierno no tiene la culpa de la violencia, eso tiene que quedar claro, pero de verdad, no se espera en el corto plazo que este tema les ocupe, ellos seguirán esbozando y ofreciendo otros datos que se apegan a un país que solamente ellos ven, ese donde todo parece ir como se planeó, si es que de verdad se planeó algo.

Este sexenio y quizá el que viene están marcados ya y poco pueden hacer para evitar para que la influencia de sus buenas o malas decisiones repercutan en el futuro próximo, cosa que es realmente preocupante porque se hará necesario preguntarles ¿A quién están viendo? ¿Por qué no se mueven? ¿A que le temen? Las respuestas, ya las conocemos, es un Estado que ha venido comiéndose al Estado de a poco a golpe de comerciar con estupefacientes. A la manera de Hobbes, hemos regresado a ese estado de naturaleza en el que nuestra voluntad impera sobre la del colectivo, y sí, con todo y que el Estado “existe”

En fin, el lecho esta tendido, y habrá que observar con detenimiento como juegan con nuestros destinos mientras vamos todos construyendo esa otredad inexistente y que seguramente reaparecerá a mitad del sexenio, cuando nos requiera la democracia para decidir una revocación de mandato que a estas alturas es risible sin posibilidades de éxito.

Quien sabe, lo más seguro es que la violencia seguirá y todos nosotros, los que la vivimos nos reconozcamos por fin en un prójimo que se irá muriendo de a poco, con la paciencia e indolencia del gobierno que elegimos democráticamente, cuando eso pase, será demasiado tarde.



Jorge Luis Oliva

Nacido en el hospital Magdalena de las Salinas al norte de la Ciudad de México el día 6 en el último mes del sacudido año 1985. En algo parecido a una especie de sentencia de corte esotérico al estilo “año de nacimiento es destino”, su vida ha sido así, temblorosa y sacudida, llena de dudas y respuestas. Con el paso del tiempo y tras un crecimiento, algo desesperado, el sujeto por el que se escribe esta semblanza abrió su mente a los libros qu...Leer más

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