ARTESANÍA POLÍTICA, por Jorge Luis Oliva



Foto: sobrevivientes.mx

Jorge Luis Oliva 18/05/2019   12:00 a. m. Opinion-






De Brozo y los límites de la libertad de expresión.

 

Lo que hoy gozamos y ejercemos está lleno de un trabajo por el reconocimiento, está lleno de un trabajo por lograr posar la voluntad sobre un mundo que no los representaba. De ahí que entre líneas se puede leer que expresarse, tener esa libertad significa fijar una posición sobre cualquier acontecimiento con las consecuencias que esto conlleve, consecuencias que claro está, no son las mismas que antes, o talvez sí y la muerte de tanta voz solamente sea una guerra silenciosa contra esas posturas que suelen ser contrarias al “orden natural de las cosas”.




Cuando el hombre hace contacto con su entorno no puede evitar bajo ninguna circunstancia el intento de la comprensión de sí mismo y del papel que desempeña en el avance o retroceso de las condiciones propias y ajenas, de esta forma, emplaza a la observación con el objetivo de nombrar para demostrar existencia. Así pues, existen dos partes del entendimiento que se relacionan muy estrechamente, el sujeto de conocimiento y el objeto de conocimiento.

Mientras vamos entendiendo fortalecemos esa relación entre el significado y el significante, y este fortalecimiento se hace necesario debido a que mediante él se hace abstracción y se palpa la realidad, básicamente, sin esta relación no entenderíamos que una silla es una silla, por lo que el proceso de comunicación sería imposible.

Establecidas estas relaciones hagamos contexto de lo que en realidad vamos a tratar aquí, el límite de las libertades.

 

Foto: 7seg.mx

 

Hace apenas unos días, Brozo, sí, aquel payaso con un noticiero matutino se aventó la puntada de asegurar que las conferencias “Mañaneras” del Presidente AMLO se encuentran cabalmente producidas, es decir, que existe personal de planta que se dedica a realizar preguntas a modo, con la finalidad de dar la imagen de una apertura, de un gobierno más atento a las demandas de sus gobernados.

Esto le valió al comunicador el premio mayor, de inmediato una horda iracunda se le fue a la yugular, acusándolo de “vendido”, “chayotero” y otros interesantes calificativos que no es necesario mencionar aquí, sin darse cuenta, o posiblemente sí; aquella horda iracunda desvió la atención del verdadero problema y se centraron en el hombre que lo propuso.

Tras este acontecimiento no pude evitar pensar en que ese asunto constituía una paradoja, pues resultaba irónico y risible que aquellos simpatizantes esgrimieran su bendita libertad de expresión para coartar la del otro que, con todo derecho, fijo su postura sobre ese asunto específico.

De verdad algo sucede con los simpatizantes políticos, una especie de ceguera les inunda a tal grado que una sola voz en contra de su objeto de deseo los hiere profundamente, perdiendo toda vista y objetividad posible, se convierten en una especie de repetidora que aprendió bien ciertas consignas para defender airadamente su particular punto de vista.

De manera obvia, resulta casi un pecado no preguntar por los límites de las libertades que a todos nos garantizan, porque resulta demasiado sencillo acusar y levantar el dedo contra lo que creemos que es incorrecto solo por el hecho de no encontrarse dentro de mi rango de simpatías, y siendo así, habrá que decirles que lo que ellos entienden como libertad en realidad es un mero oficialismo.

Tratando pues de armar este rompecabezas me di a la tarea de consultar que se decía sobre el tema e invariablemente terminé conversando con aquel filósofo alemán de rostro adusto y poco amigable. Aparecieron Arthur Schopenhauer y su dolorosa sentencia: “Es una verdad que se puede enunciar a priori… El mundo es representación”.

Cuando esta imagen rondo mi mente de inmediato pensé en todos aquellos que hemos acusado sin justificación a los distintos y deduje que tal vez lo que sucedía era una incompatibilidad de voluntades o representaciones del mundo en que nos desarrollamos. Así pues, por medio de esta incompatibilidad aquella simpatía política podría tener una razón de ser en su transmutación hacia una representación del mundo que se identificaba con un demográfico específico.

Pero no podemos garantizar que esa representación del mundo sea solamente una idea romantizada de su deseo más profundo por sentirse salvados, cosa que siendo así, caería en una falacia argumentativa que les descalificaría por completo, sin embargo, con todo y esto tienen derecho a fijar su postura.

Ergo, cuando Schopenhauer nos pone en contexto esa relación entre el objeto y el sujeto de conocimiento nos centra de inmediato en la siguiente disyuntiva: Si el mundo es una representación de mi voluntad, entonces eso otro que es objeto de mi voluntad existe porque yo lo vi y le di la forma que tiene. Lo cual significa invariablemente que existen también otras representaciones del mismo mundo que yo veo y palpo, complicando así mi punto de observación al preguntarme ¿Cuál de esas representaciones es la correcta?

Ya desde esta óptica se otea la infinitud de posibilidades existentes, obligándonos a una imposibilidad de acción sobre el mundo en el que pretendemos actuar, razón por la cual es necesario que se establezcan consensos sobre el mundo y la voluntad que ponemos en su representación.Lo que se nos escapa con este asunto del consenso, o más bien, lo que poco entendemos es que para que esto se dé tenemos que establecer relaciones de poder y dominación entre unos y otros, relaciones que por supuesto me podrían en la posición de dictar y dictaminar que realidad es la que nos debe corresponder sin importar colores, credos o razas, cerrando así el círculo de eso que llaman Statu Quo.

El ejemplo de Brozo pues es perfecto para todo esto que les digo pues ante el enunciado de una realidad distinta a la que queremos que exista, a la que nuestra voluntad se empeña en representar, saltamos de inmediato para defender con argumentos o sin ellos lo que nosotros consideramos como correcto.

En conclusión, el límite de la libertad de expresión radica ahí donde esa libertad, ese poder que se nos confiere con ella se convierte en violencia sistémica, en violencia objetiva y en el peor de los casos en violencia directa, cuando eso pasa, ya no es libertad de expresión, se convierte en adoctrinamiento y censura.

La magia de expresarte libremente subyace en entender que esta es hija de la tolerancia y el respeto, sin ellos, cualquier espacio que se ocupe será de inmediato infectado por el fascismo y la descalificación, por la cerrazón y la ignorancia que se ve justificada porque mal entendemos un derecho olvidando que este mismo nos obliga a la aceptación de las diferencias.



Jorge Luis Oliva

Nacido en el hospital Magdalena de las Salinas al norte de la Ciudad de México el día 6 en el último mes del sacudido año 1985. En algo parecido a una especie de sentencia de corte esotérico al estilo “año de nacimiento es destino”, su vida ha sido así, temblorosa y sacudida, llena de dudas y respuestas. Con el paso del tiempo y tras un crecimiento, algo desesperado, el sujeto por el que se escribe esta semblanza abrió su mente a los libros qu...Leer más

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