Porque siempre se ha hecho así



Fuente: republica.com.uy

Eduardo Celaya 22/11/2018   10:02 a. m. Opinion-






Hace unos años fui con mi familia a ver la puesta en escena de El Violinista en el Tejado, en los antes llamados Teatros Telmex. Sobra decir que, como la gran mayoría de las producciones que se presentaban en esos escenarios, fue una cosa sorprendente, asombrosa, exquisita. La historia la conocía a medias, muchos más años atrás participé como niño ensamble en la producción que hizo mi H H escuela, donde curse mis tiernos años de escolaridad primaria. La verdad es que ni me enteré de qué trataba, yo solo sabía cuándo entraba, cuando caminaba, y cuando salía. Mi afición por el teatro aún no se desarrollaba, y sobra decir que esa breve participación poco o nada aportó para el actor que soy hoy. Por ello ver este nuevo montaje fue una nueva experiencia, y que además, comenzó a abrirme los ojos un poco más, aunque en ese momento no lo sabía.

¿Qué pasó en esa ocasión que me movió tanto las entrañas? Pues un tema central de la obra: la tradición. Toda la trama de la obra gira en torno a lo que es la tradición, lo que promueve, lo que provoca, pero también las rupturas de las que es responsable. Las hijas de Tevie, el personaje central de la obra, cada una va escogiendo un marido, algunas veces de acuerdo a lo que la familia y la comunidad dicta, otras, escogiendo opciones muy alejadas del ‘deber ser’ del universo del montaje.




Pero lo que mas me movió, y que no niego, me sacó las lágrimas, fue cuando el amoroso padre protagonista de la obra, niega su bendición a una de sus hijas, pues considera que ya ha cedido bastante, que ha tomado decisiones contrarias a lo que la comunidad manda, y prefiere dar la espalda a su hija, antes que darle su apoyo. Mientras el personaje salía de la escena, la joven mujer gritaba a su padre entre llantos y más gritos, al tiempo que entraban dos filas de personajes del pueblo, sosteniendo las manos en alto y cantando el conocido tema Tradición, con el que abre la pieza teatral. No pude soportar más, sentí en todo mi ser la desesperación de la hija, y sufrí con ella ante la indiferencia del pueblo y el abandono del padre. Fue una escena devastadora.

¿A qué viene este breve relato de hace un par de años? Que hoy día, a pesar que nos creemos muy avanzados, y que para todo enarbolamos el “bienvenido al siglo XXI” o la clásica frase de “deja de ser tan medieval”, vivimos mandados por las tradiciones que permean toda nuestra cultura, y toda cultura, a lo largo del mundo y del tiempo. Pero ¿qué es una tradición? Podemos definirlo como “el modo en que se hacen las cosas, en que siempre se han hecho”, y por tanto, comienza como un uso, después una costumbre, y después un mandato. Tradiciones en nuestro tiempo son la familia formada por hombre, mujer, dos niños y un perro; terminar una licenciatura que te dé de comer, y después te dedicas a lo que quieras; tener una tarjeta de crédito, porque después vas a querer una hipoteca; ser moral, ordenado y decente ante los ojos de los demás (ya en tu casa y en tu tiempo privado, vemos). Pero la tradición no es del todo mala, como podría parecer en este escrito. Tradición es también ser honorable con quienes lo son también, cuidar de tus padres en la vejez, cuidar de tus hijos, no robar, no matar y no hacer daño a terceros por tu propio beneficio. Vamos, que como todo, no es en blanco y negro, todo tiene sus matices.

 

 

Fuente: misionesplural.net

 

Pero lo que quiero resaltar en este escrito es que estamos entrando en un periodo de nuestra época en que la tradición debe ser un referente, no un mandato, y que como tal, debemos ser críticos con ella, y saberla adaptar. No soy el único que dice una y otra vez (y quienes platican conmigo me darán la razón) que se acerca un nuevo fascismo, más sanguinario y más brutal que aquellos que conocimos en el corto siglo XX. Y este fascismo está basado en, ni más ni menos, que la tradición. Por ejemplo, el fascismo racista de Trump, se basa en la tradición de que el pueblo norteamericano es y siempre debe ser blanco, protestante, heterosexual y rico; la xenofobia que en recientes días hemos vivido en nuestro país con la caravana migrante se basa, a su vez, en que México es para los mexicanos, nada más, y que (válgame Dios) los migrantes vienen a quitarnos nuestros empleos. Y como estos dos, puedo citar otros ejemplos de movimientos ultraderechistas a todo lo ancho del globo, como Brasil, Inglaterra, Alemania, Italia, y un largo, larguísimo etcétera.

El problema que surge entonces es de dónde sale esta tradición, porque si nos ponemos a analizar cada uno de estos fenómenos, llegamos, inevitablemente, a absurdas contradicciones. El caso Trump, el más debatido y comentado de los fascismos actuales, se derrumba fácilmente si conocemos un poco de la historia norteamericana, si sabemos que los hoy norteamericanos llegaron huyendo de una persecución religiosa, ocuparon tierras (en donde ya había habitantes), expandieron su colonización, se sacudieron el control colonial compraron tierras, robaron otras, y fueron empujando a los nativos hasta la orilla, en donde ahora viven en reservas. El caso mexicano, ese de nuestros connacionales hablando terribles cosas de los centroamericanos, niega absolutamente el concepto de Mesoamérica, y si no quieren que nos pongamos tan románticos, niega también tantos tratados internacionales de cooperación humanitaria que (sorpresa, sorpresa) México ha firmado a lo largo de su historia. ¿O es que sólo recibimos migrantes españoles porque son blanquitos, pero a los hondureños mejor les damos la espalda?

A fin de cuentas, estos nuevos nacionalismos, y absurdos racismos y xenofobias se basan en tradiciones, pero tradiciones hechas a la medida de quien las pronuncia. Claro que podemos decir que así se ha hecho siempre, pero no olvidemos que en algún punto de la historia, se decidió que las cosas se hicieran de esa manera y no de otra, es decir, que cada tradición se basa en una decisión arbitraria de un grupo de personas, que juzgaron que así era mejor. Por eso, ejemplifiquemos, se eligieron ciertas familias sobre otras para reinar en la Antigua Europa, por eso, la Ciudad de México alberga todos los poderes centralizados de nuestra “federación”, por eso, el matrimonio es aceptable a los 35, pero no a los 15, ni a los 55. Todas nuestras tradiciones fueron las mejores opciones en algún momento, tomando en cuentas las condiciones económicas, territoriales, sociales, culturales, y hasta climáticas.

Por tanto, ¿no sería prudente hacer reformas a nuestras tradiciones, siguiendo los cambios en los mismos contextos que ya he mencionado? ¿No podríamos seguir el ejemplo de la Iglesia Católica, que ante la Reforma Protestante, se vio obligada a hacer una recomposición de sus mecanismos internos, y que incluso el siglo pasado, volvió a hacerlo en el Concilio Vaticano II? Y mejor aún, para qué ir tan lejos, ¿no podríamos nosotros mismos empezar a replantearnos nuestras creencias dogmáticas, esas que no cuestionamos y que seguimos al pie de la letra, solo porque siempre se ha hecho así? No olvidemos que, a fin de cuentas, la cultura es creada, es una decisión arbitraria tomada en comunidad, pero ojo, también tomada por el bien de esa comunidad.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

Publicaciones recomendadas