Reflexiones sobre la muerte



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Eduardo Celaya 27/08/2018   05:43 p. m. Opinion-






 

Nos encontraremos en la última encrucijada, Peer; 
veremos al final… No digo más. 
Peer Gynt, acto V, cuadro décimo, Henrik Ibsen 




 

Aceptémoslo, vivimos en una sociedad occidental, y como tal, heredamos muchos de los conceptos y presupuestos heredados de siglos de civilización. Uno de éstos conceptos, la muerte, ha sido visto de diversas formas a través del tiempo, y es sin duda uno de los hechos irremediables que más nos atemorizan. Tal vez sea uno de los temas más tratados en literatura, cine, artes plásticas, o el medio que ustedes deseen, pero ¿verdaderamente nos ponemos a pensar en ella?

En mi experiencia, he tenido poco contacto con la muerte. Apenas he enfrentado en dos ocasiones muertes de personas cercanas, tal vez no tan cercanas ya que lo reflexiono. Sin embargo, la muerte es un hecho irrefutable. Todo lo que nace ha de morir. La cultura occidental da un matiz misterioso a la muerte. Es aquello a lo que todo llega, pero no se habla de eso, incluso se condena el simple hecho de mencionarla. "Ni Dios lo mande" o "toco madera" son frases propias de nuestro lenguaje diario, que a veces usamos sin siquiera pensarlo. Miedo, un miedo incomprensible es lo que nos provoca, pero un miedo por ser lo desconocido, lo que nadie ha podido explicar bien. La muerte es quizá el misterio más grande que ni la ciencia ni la teología podrá explicar jamás. 

Pero, ¿qué es la muerte? A nivel biológico es fácil de explicar, sin embargo, va mucho más allá de eso. No es tan sencillo como la computadora que deja de funcionar, que simplemente se reemplaza y continuamos con nuestra vida cotidiana. La muerte significa mucho más. Una persona que muere, se va, nos deja, "se nos adelanta". Muchas veces se acusa al muerto de dejarnos solos, de abandonarnos en este mundo, yendo a una vida mejor. ¿Reclamo? ¿No suena un poco injusto? A fin de cuentas, pocas son las personas que deciden su propia muerte, o el momento en que sucede. Más bien, lo que más nos duele de la muerte del otro es la incertidumbre en que nos encontramos, no socialmente, sino psicológicamente. Nos hace conscientes de nuestra fragilidad, de que el ser humano no es el centro del Universo, de que hay fuerzas ajenas mucho más imponentes que nuestro egocentrismo. El hombre no lo es todo, muchos lo han dicho, pero pocos lo han comprendido. 

Hace unos años uno de mis mejores amigos de la Universidad falleció. Tras meses de lucha en el hospital, murió. No es necesario explicar el torrente de sentimientos que me invadió, pues además fue una de las personas más fuertes e íntegras que llegaré a conocer en esta vida. Sin embargo, su muerte no fue sólo su desaparición (para ser sinceros, ya ni siquiera éramos cercanos), fue algo más, un recordatorio que la vida es una, es frágil, es rápida y no perdona. El recuerdo que tendré de Miguel será mucho más fuerte que esos últimos meses, en los que además ni siquiera me atreví a irlo a visitar. Pero la muerte, esa implacable fuerza superior, que nos domina, nos confunde, nos arrebata, siempre llevará la delantera. 

En la Antigüedad la muerte era tan compleja y misteriosa como lo es hoy. La muerte no perdona, se lleva a todos por igual. Según los griegos, todos iban al inframundo al morir, las buenas personas a los Campos Elíseos, las malas al Tártaro, pero todos compartían un destino común. El cristianismo, por otro lado, nos ofrece una alternativa, una nueva vida, ya sea de gozo eterno o de sufrimiento sin fin, dependiendo de cómo hemos cuidado la integridad de nuestra alma. Sin embargo, una de las interpretaciones más interesantes que he encontrado de la muerte nos la ofrece el dramaturgo Henrik Ibsen en su obra de teatro Peer Gynt. Al final de una vida llena de aventuras, engaños, decepciones y triunfos personales, Gynt se enfrenta con una figura enigmática que le sigue durante los cinco actos de la obra, al cual conocemos sólo como "el fundidor". La labor de este espíritu es recoger el alma de Gynt y fundirla, con el fin de borrar toda memoria que el mundo pueda tener de este hombre y crear una nueva alma, una que tenga la oportunidad de empezar desde cero. El terror de Gynt lo lleva a pedir nuevas oportunidades, a buscar un medio de salvarse. No puede aceptar el hecho de que desaparecerá por completo, que su individualidad se verá violada y mezclada con tantos otros que tampoco supieron aprovechar su vida. Al final, Gynt encuentra el único recurso que logra salvarlo, pero las palabras del fundidor son contundentes... volverá por él. 

Quizá lo que más nos asusta de la muerte no sea el dolor, el abandono por parte de otros, o cualquiera que sea la imagen que tenemos de ese extraño final. Lo que verdaderamente nos aterra es la incertidumbre, el no saber que hay más allá de la existencia terrena. ¿Hay una vida eterna, un Cielo, un Infierno, un Tártaro? ¿Hay acaso una desaparición completa de la esencia personal? ¿Hay una reencarnación? Lo único que podemos afirmar es que nuestro conocimiento es nulo, y lo seguirá siendo, no hay más remedio. La fragilidad de la propia existencia es una dura carga, intelectual, espiritual, totalmente humana. No hay forma de escapar de ese sentimiento de abandono que nos da la ignorancia, como tampoco podemos escapar de la misma muerte. Todos hemos de morir, de desaparecer. Tal vez algunos logren conservar su nombre en la memoria de los hombres en los años venideros, pero nada más, la esencia desaparecerá. 

La muerte, más que una enemiga, es una fiel compañera. Muchas veces vestida de negro, con apariencia terrorífica, temida, odiada, repulsiva ante la humanidad. El temor nos ha provocado odiarla, como odiamos todo lo que nos es ajeno, extraño. Sólo hay algo que jamás podremos negar. Moriremos... y de nada sirve prepararse, pues a fin de cuentas es algo que no sabemos cuándo sucederá. Solo será. 



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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