Precarium



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Eduardo Celaya 12/08/2018   11:32 a. m. Opinion-






 

No sabemos ahorrar, es cierto. El dinero nos quema las manos, hay que irlo a gastar de inmediato, también es cierto. Podríamos decir que es hasta parte de nuestra misma cultura. Si se trabaja es para gastar, para pasarla bien, no para ahorrar. Incluso decimos, con la mano en la cintura, y la otra entregando los billetes “Dios proveerá”, con esta idea de que eventualmente encontraremos la forma de sobrevivir una quincena más, comiendo atún de lata y agua simple.




Son comunes también los memes que casi celebran este estilo de vida. Páginas como “Lo que callamos los godinez” se engolosinan con estas muestras de comedia popular los días 13 o 14 de mes, para celebrar el depósito el día 15, y los gastos desmedidos el 16. Sí, es cierto, ahí sí ni cómo defenderse. Sin embargo, hay otra postura para analizar esta precariedad en la que el mexicano vive. Casi podríamos aludir un complot de los grandes capitalistas para mantenernos pobres, para explotarnos, y después, para ofrecernos jugosas ofertas o productos de novedad que “necesitamos”, y ahí se nos va lo poco que podemos ganar en una quincena.

Pero más allá de esta postura que puede incluso calificarse de manifiesto de estudihambre resentido de ciencias sociales, una cosa sí es cierta, la vida se está volviendo en extremo costosa, pero las garantías de los trabajadores cada vez se hacen más precarias. Afortunadamente mis padres nunca me lo han reprochado, pero una cosa es cierta, a mi edad, mi papá ya tenía su propio carro, varios años en una misma empresa, un terreno en el interior de la república y una buena suma ahorrada en el banco. Yo, con vergüenza admito, que en el día 2 de mes ya me quedan 60 pesos en la tarjeta. Claro, ya pagué lo que debía pagar (renta, celular, maestría, mantenimiento, abono a la tarjeta del metro, luz, agua, cable e internet, y tengo buena cantidad de comida en el refrigerador) pero cuando pienso en el ahorro, pues nada.

 

Foto: static.iris.net.co

 

Lo peor del asunto es que ni siquiera puedo pensar que al final de mi vida productiva tendré una buena pensión cada mes, porque desde hace años, más de los que me gustaría aceptar, no cotizo en el Seguro, porque he tenido la desgracia de caer en más de un trabajo (en los que no duro más de año y medio, porque las perspectivas de crecimiento son completamente nulas) en el que se me paga por honorarios. Y oh sorpresa, además tengo que pagar un contador, pagar impuestos, aprender a facturar, a hacer complementos de recepción de pago, darme de alta en Hacienda, solicitar folios, y demás boludeces que un empresario que factura millones puede hacer con la mano en la cintura, pero no un simple “empleado” (entre comillas, porque horario y jefe tengo, pero no prestaciones) que gana lo mínimo para una vida digna de clase media.

Por otro lado, tengo un consuelo. Si usted, apreciable lector, puso atención a mi perorata, estoy pagando una maestría, y además ando en proceso de titularme de mi segunda carrera. Maravilloso, cierto es, porque tengo la esperanza que mi precariedad vaya disminuyendo según vaya adquiriendo títulos, y pueda guardar una parte de mi sueldo para ahorro, y espero en Dios, obtener un contrato que me dé prestaciones, seguro social y ojalá, en un futuro utópico, fondo de ahorro y aguinaldo, palabras que hace años no veo relacionadas con mi nombre. La cosa es que esa misma esperanza la tuve hace muchos años ya, y aunque tuve un muy buen empleo, con las mejores prestaciones que se pueden esperar, otras fueron las razones que me orillaron a renunciar (más que nada salud y paz mental) y desde entonces ha sido un eterno peregrinar, cual judío en el desierto, buscando un trabajo digno que responda por mí como empleado, y no como un simple proveedor.

 

Foto: akifrases.com

 

Entonces, la situación no es muy esperanzadora. No por ello dejaré de estudiar, de esforzarme, de escribir mi tesis, pero la verdad es que no sé qué será de mi vida en los años por venir, con una inflación que amenaza con engordar, con tasas de interés que no tienen de otra más que irse para arriba (no por nada recibo de tres a cinco llamadas a la semana ofreciéndome tarjetas de crédito) y con un salario que nada más no crece porque pues, sencillamente, no soy empleado de nadie, soy un proveedor que mete facturas.

Terror es lo que siento, no lo niego, pero no queda de otra, a trabajar, a esforzarse y a dar lo mejor de uno, porque mal empleado no soy, pero lo que veo es que los miembros de la fuerza laboral somos cada vez más desechables, y ya no importa lo que uno sabe hacer, o qué tan comprometido se es, sino qué tan poco nos pueden pagar por el mismo trabajo. Y eso señores, no es mover a ningún país, es estancarnos y esperar que mañana nos caiga un meteorito, porque así, al menos, no cargaremos con horrendas deudas toda la vida.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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