¿Qué pasa con la democracia?



Foto: canalhistoria.es

Eduardo Celaya 29/06/2018   09:29 a. m. Opinion-






 

A unos días de las elecciones en nuestro país, no podemos negar que estamos bastante hartos de discursos, promesas y campañas. Éstas últimas, que han durado una vulgar cantidad de tiempo, nos han hecho ya casi inmunes a los discursos políticos, a los que no podemos escapar, pues invaden todos los medios de comunicación, las redes sociales, y las conversaciones con cualquier persona con edad para votar. La clásica pregunta “¿por quién vas a votar?” he tenido que esquivarla más veces de las que me gustaría aceptar, ya sea que me la hagan maestros, amigos, familiares o alumnos. Mi respuesta es siempre la misma, que realmente no lo sé, y aunque muchas veces no me creen quienes me interrogan, es la verdad. Me da mucha vergüenza, pero a menos de una semana de elegir varios puestos para los años por venir, no tengo idea de por quién votaré. ¿Por qué se da esto? Les puedo asegurar que no es desidia, flojera, o falta de acceso a los discursos y propuestas de los candidatos. Es que realmente no encuentro uno que pueda considerar que sea el bueno.




Entonces, la pregunta que surge en mi cabeza es ¿qué pasa con la democracia? Años antes, repudiaba la democracia como sistema político, incluso imaginaba diferentes panoramas alternativos, pero vamos, las ideas en la cabeza de un estudiante no van a cambiar la realidad, y terminé por aceptar que este es el sistema en el que vivimos, y que por muy malo que sea, algo bueno debe tener.

Por ahí circuló un meme, que por un lado me hacía reír, pero muy por dentro, me hacía pensar. “¿Ya en serio, no hay otros candidatos?” rezaba la imagen con la imagen de cierto popular personaje de televisión inglesa, y lo veía en Facebook, Twitter y hasta en mi WhatsApp. Y por más que quería negar la respuesta, ahí estaba: no, sólo son esas opciones, y es uno de esos, o uno de esos. Entonces, la decisión se reduce a elegir entre los que te proponen, y por más que en algún momento pudiera inclinarme por uno u otro, a los dos días hacían alguna declaración o lanzaban una propuesta que me regresaban al campo de la indecisión. ¿Qué pasa entonces con la democracia?, seguía yo preguntándome. ¿Es que no somos capaces de elegir gobernantes sensatos, que vean por el bien del pueblo, y que tengamos que conformarnos con campañas de él hizo, él dijo, él es un criminal?

Sin embargo, esta crisis de la democracia no es exclusiva de nuestro país. En los últimos años hemos vivido tres casos que pueden ilustrar muy claramente esto que acabo de plantear: crisis. Los casos son el Brexit, el No en Colombia y Trump en Estados Unidos. Lo que conecta estos tres casos es que, si bien las tres decisiones fueron tomadas por un electorado, resultaron verdaderamente sorprendentes para el resto del mundo, porque fueron manifestaciones anti-sistémicas. Es decir, los votantes están hartos del sistema en el que se han movido, es decir, la dependencia económica de la Unión Europea, en el caso británico, la impunidad y el deseo de venganza, en el caso colombiano, y el hartazgo por las élites de la clase política perpetuándose en el poder, en el caso norteamericano. Y la respuesta de los ciudadanos fue cortar de tajo con ese sistema que sienten que no les representa, y elegir la opción completamente opuesta, es decir, el Brexit, el No y Trump.

Ahora, por qué considerar como una crisis estas decisiones. A fin de cuentas, fueron elecciones libres (dentro de lo que cabe, habrá que ver qué revelan posteriores investigaciones en uno de los casos), tomadas por ciudadanos informados y en pleno uso de sus capacidades mentales. La crisis no está tanto en la elección, sino en las opciones. Las alternativas al momento de votar son tan diametralmente opuestas, pero igualmente malas en consecuencias para los votantes; sin embargo, lo que los ciudadanos están exigiendo es un cambio. Un cambio de paradigma, de representantes, de sistema de justicia, de lo que sea, pero un cambio al fin. Entonces la crisis no está en la voz del pueblo, sino en las opciones que se nos dan. Y es aquí donde aterrizo esta reflexión en el caso mexicano. ¿Realmente tenemos opciones este primero de julio, o es pan con lo mismo? (Pun not intended).

La decisión de este domingo es, sin duda, sumamente importante, aunque dista de ser la elección más importante de nuestra historia, vamos, que es una elección más. Y como yo lo veo, tenemos de dos, o continuar con el sistema que llevamos sufriendo durante décadas, o elegir la opción anti-sistema, y probablemente unirnos a los casos de la crisis de la democracia a nivel mundial. Lo que no puedo saber, estimado lector, es cuál de las opciones que nos dan es la anti-sistema, porque todos dicen serlo, pero en acciones no veo claro. Como sea, espero con el corazón, que aquella que sea la opción elegida, no implique un profundo arrepentimiento en los años por venir, y que, por favor, los mexicanos dejemos de dividirnos como lo hemos estado haciendo estos meses. Vamos a tomar una decisión, sí, pero una que debe ser madura, inteligente y pensada, no guiada por emociones y rencores, y sea cual sea el resultado, tenemos que tener en mente que ese es el sistema en el que vivimos, y que hay que aceptar los resultados del sistema que estamos legitimando con nuestro voto. Porque por ahora no hay otro, y debemos sacar lo mejor de lo que tenemos. Finalmente, conmino a mis lectores a que voten, que si bien no es el único derecho político que tenemos, sí es uno de suma importancia. Y para adelante mexicanos, que trabajo hay por hacer, y mucho.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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