#DesdeLaAcademia, por Verónica Zárate Toscano



Verónica Zárate Toscano 13/12/2021   12:25 p. m. Opinion-






Quetzalclos

 

Es inevitable, es diciembre, y el espíritu de la navidad -o el adorno navideño- se hace presente por muchos lugares. Pero esa tradición no es bien aceptada por todos, tanto así que no falta uno que otro Grinch.




Sin embargo, hay ocasiones en que esa costumbre se quiere transformar porque se identifica como un rasgo del imperialismo y de la occidentalización y hay paladines dispuestos a combatirla. Hace unos días nos entramos por los periódicos que, en el edificio que alberga el Senado, en el Patio del Federalismo, se estaba instalando un árbol de navidad en el que los adornos dominantes, más que las esferas y estrellas, eran penachos, una serpiente y, por supuesto, la cabeza de Quetzalcóatl.

El árbol solamente costó 25,000 pesos y sería “encendido” en luminosa ceremonia. Las burlas, imágenes satíricas de Quetzalclos y los comentarios sarcásticos y críticos no se han hecho esperar. Sin embargo, gracias al periódico El Universal sabemos que no es la primera vez que se busca transformar una fiesta religiosa, cristiana, occidental, en un evento ligado al lejano pasado prehispánico.

Ya sabemos que esta querencia por esa parte de nuestra historia abunda en nuestros días. Sin embargo, hace nueve décadas, en 1930, el gobierno del presidente Pascual Ortíz Rubio decretó que el nuevo símbolo de la navidad sería Quetzalcóatl, en vez de Santa Claus. El barbado con traje rojo tenía poco de haberse introducido en México y se pensaba que no llegaría a arraigarse. Entonces se planeó una gran ceremonia pública para el 23 de diciembre de ese año, en la que doña Josefina Ortiz -la primera dama- y el mismísimo Quetzalcóatl hecho hombre repartieron regalos a los niños al lado de una pirámide instalada en la cancha del Estadio Nacional, ubicado en lo que después fue el Multifamiliar Juárez, en la colonia Roma.

Para hacer eco a la iniciativa presidencial, la Lotería Nacional realizó un gran sorteo en honor a la deidad mexica y se difundió un texto en las escuelas para explicar la leyenda de la serpiente emplumada. Las notas de la prensa combinaban críticas, alabanzas y caricaturas. En los ejemplares decembrinos de El Universal de 1930 se pueden encontrar también anuncios comerciales tratando de aprovechar la presencia de Quetzalcóatl. Y, por cierto, se trató de aprovechar, más que como serpiente emplumada, la imagen de un hombre barbado que bien podría ser Santa Claus, pero con tilma en vez de saco y pantalón.

Una vez más se apeló al indio muerto, al lejano, y no al indígena del momento padeciendo condiciones materiales complicadas. El caso es que el cambio decretado no arraigó y al año siguiente ganó más fuerza la imagen del bonachón que se difundió en una campaña publicitaria de Coca-Cola; y desde entonces sigue presente. Muchas familias mexicanas siguen esperando sus regalos navideños traídos por Santa o por los Reyes Magos. Es más, ahora que hay un poco más de circulación, esperan poderse ir a sacar la foto con ellos. Solo que, hasta ayer, la alcaldesa mayor no les había autorizado instalarse en la Alameda con sus llamativos puestos.

Ya nos enteraremos si cede a sus deseos o si, por el contrario, Quetzalcóatl se personifica en el Zócalo y nos informa que “las plumas de la serpiente somos todos…”



Verónica Zárate Toscano

Doctora en Historia por El Colegio de México. Nivel II del Sistema Nacional de Investigadores. Desde sus primeras investigaciones ha abordado el estudio de la prensa en el periodo de la Independencia, tanto en México como en España. De igual manera se ha interesado por la historia de las mentalidades y de la vida cotidiana. Profesora–investigadora del Instituto Mora.

Publicaciones recomendadas