Nuestro mundo representado, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: narcisistascodependienteseinteligenciaemocional.com

Eduardo Celaya 20/11/2021   09:43 a. m. Opinion-






Al pan, pan…

 

Una compañía de teatro extranjera vendría a México a dar algunas funciones de una de sus producciones. Se trataba de parte de un intercambio cultural como siempre necesario, y que involucraba gestión y logística avanzada, pues si producir una obra es complicado, lo es más traerla desde otro país. Cuenta Conchi León, en una publicación de Facebook de hace ya varios años, que uno de los problemas que enfrentaron fue el idioma, pues los mexicanos no hablaban italiano, los italianos no hablaban español… y el inglés, que suele usarse para superar estas barreras, tampoco era punto fuerte de ninguna de las contrapartes. Uno de los requerimientos de la producción italiana fue tener una cucina en escena. La producción en México, al escuchar esta palabra, rápidamente se dio a la tarea de conseguir el requerimiento, y cuando llegaron los italianos encontraron una cerda de considerables dimensiones esperándoles para hacer arte escénico. Lo que los italianos necesitaban para su producción era una cocina como parte del decorado.




Esta anécdota me gusta mucho, pues leí directamente la publicación de Conchi León y la suelo usar de ejemplo en mis clases para demostrar las complicaciones de idioma y la comunicación, cosa que generalmente damos por sentado. En este ejemplo las consecuencias no fueron tan graves, posiblemente lo más complicado no fue conseguir el decorado, sino deshacerse de la puerca. Me imagino que, si tuvieron los medios para conseguirla, también los tuvieran para desaparecerla. Pero las fallas de comunicación pueden tener más y peores consecuencias para la vida cotidiana, sobre todo si hablamos de la vida pública y política.

 

Nuestro concepto del mundo implica que conocemos cómo funciona la realidad.
Fuente: integridadysabiduria.org

 

Nombrar a las cosas no es tarea fácil. Es bello el mito de Adán dando nombre a los animales por instrucción directa de Dios, haciéndose asimismo dueño de ellos, argumento que los capitalistas utilizan para demostrar que tenemos derecho a explotar todo lo que encontremos en nuestro camino. Pero en la vida diaria el nombrar cosas no es tan sencillo, implica una convención social, es decir, ponernos de acuerdo para nombrar como tal a cierto objeto, y no a otro. Además, al poner un nombre estamos encasillando al objeto real a un concepto que nos creamos de ese objeto. Decía Foucault que un discurso es una violencia a la que sometemos a las cosas, precisamente porque forzamos a los objetos reales a adoptar la forma que de ellos nos hemos creado mentalmente, comunalmente.

La cosa no acaba ahí. Una vez que en sociedad nos ponemos de acuerdo para poner nombre a un objeto, o a un concepto, entendemos que ese nombre es la realidad total del objeto. Si se me enseña qué es el amor, por el cine, las novelas, la televisión, ese es el concepto que tengo del amor, y cualquier cosa que no se le parezca no es amor, es otra cosa, la cual no entiendo ni me interesa. Lo mismo pasa con la amistad, el amor propio, la lealtad, el éxito… o la democracia. Estos conceptos, que tenemos bien enraizados y supuestamente conocemos bien, pues convivimos con ellos todos los días, no son más que reducciones, representaciones de lo que en realidad son. Por poner un ejemplo, lo que entendemos por amor equivale al eros del que habla Aristóteles, el amor romántico, por la pareja, a veces erótico. Pero el filósofo clásico también hablaba de agape y de philia, otros tipos de amor que también son eso mismo, amor, pero que nada tienen que ver con la pareja, el erotismo o la sexualidad. Nosotros, desde ese discurso que hemos compartido del amor por la cultura contemporánea, reconocemos solo el primero. Es decir, sometemos al concepto del amor a una violencia al encasillarla en una definición… violentamos al amor.

De aquí parte el peligro del discurso, esa violencia foucaltiana que ejercemos a las cosas, pero también la ejercemos sobre nosotros mismos. Cuando sucede algo en el mundo real buscamos por todos los medios comprenderlo, etiquetarlo, clasificarlo y ponerle un nombre. Si siento un malestar de inmediato busco entre las categorías que conozco, para entender qué me pasa. Es dolor, es calentura, es tristeza, es manía, es una lesión… o solo tengo hambre. ¿Pero y si no es nada de eso… sino otra cosa de la cual no tengo idea? Probablemente tengo un desequilibrio hormonal, pero como no es parte de las categorías que conozco… digamos que tengo otra cosa, algo que entiendo y conozco… digamos que tengo hambre.

 

El mundo es un lugar complejo por naturaleza, en el que existen muchas diferencias a partir de la forma de ver la realidad.
Fuente: todo-mail.com

 

En la vida pública esto es igual de grave. Vivimos rodeados de discursos emitidos desde canales oficiales o masivos, es decir, televisión, radio, prensa y, más recientemente, redes sociales. Estos discursos que consumimos día a día son mensajes que nos dicen cómo están las cosas actualmente, aunque cuando salgamos a la calle veamos algo diferente. Sin embargo, como tenemos en mente este discurso que da cierta estabilidad a mi existencia, preferimos siempre el discurso, que usa términos que entendemos y nos tranquilizan. No hay violencia extrema en las calles, pues el discurso que escucho día a día me dice que son casos aislados. No hay racismo, clasismo y discriminación en el ambiente laboral, pues el discurso que veo en los medios me dice que eso no es real. No estamos viviendo una de las mayores crisis sociales y de salud en la historia moderna… los medios me dicen que ya se superó.

Como seres humanos necesitamos el lenguaje para comunicarnos, para hacer sociedad y tener seguridad. También necesitamos estabilidad, sentir que hay algo sólido bajo nuestros pies para podernos desarrollar en el tiempo que tenemos en este mundo. Pero eso es muy diferente a creer a ojos cerrados en el discurso, en el nombre de las cosas, y asumir que así es el mundo. Un gran problema de enfrentarse a la realidad con esta mentalidad es que cuando tenemos la evidencia frente a nosotros de que nuestros conceptos son equivocados, preferimos decir que la que se equivoca es la realidad, y no mis conceptos del mundo. Nos encanta hacernos tontos solos, porque así el mundo es un lugar más habitable, pero creo sinceramente que es mejor llamar al pan, pan; y al vino, vino. Aceptar que tal vez mi concepto del mundo no es perfecto me ayudará en el futuro a conocer más y mejor, y no asumir que hemos llegado al culmen de la inteligencia humana, porque dudo mucho que este mundo que vivimos sea el más perfecto que podemos llegar a tener.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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