Nuestro mundo representado, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: vistazo.com

Eduardo Celaya 06/11/2021   10:11 a. m. Opinion-






Adiós, Benito

 

La semana pasada despertamos con una noticia que, me gustaría decir, sacudió al público. La muerte de Octavio Ocaña, en circunstancias por demás cuestionables, forma parte del ambiente de insensibilidad y espectáculo en el que llevamos sumidos desde hace décadas. Siendo el joven actor eso, un actor, la cobertura de la noticia estuvo a cargo de los reporteros de espectáculos, quienes no son peculiarmente versados en cuestiones de política, policía, inseguridad y vida cotidiana. De lo que sí saben, y saben mucho es de opinión pública, y de la construcción de la misma, por lo que, viéndolo a la distancia, parece ser una buena idea que sean ellos quienes hablen del tema.




La opinión pública es aquello que la gente, el público, como un ente homogéneo y con una sola mentalidad, piensa y opina de algún tema en particular. Es bien sabido, por aquellos que estudian el tema, que la opinión pública no tiene tanta validez como pareciera, pues la opinión de una colectividad suele estar basada en lo que otros dicen del tema. Bien lo estudió Lazarsfeld cuando estableció su fórmula: tiene más influencia la opinión de un líder o del grupo al que pertenece cierto individuo, que los esfuerzos ideológicos de un grupo en el poder. Es decir, que por más que una fuente, confiable o no, me diga un mensaje, seguramente le haré más caso a mi youtuber de confianza, al influencer o al reportero que tan bien me cae, cuya opinión también escuchará mi familia y amigos, mi círculo social cercano.

El ser humano, como ser gregario, tiene la absoluta necesidad de formar parte de un grupo. No solo es una necesidad económica, también lo es emocional, pues el aislamiento causa estragos irremediables en la psique de cualquiera. Prueba de esto fueron los meses de aislamiento y encierro que recientemente vivimos, y de los cuales pocos quisieran acordarse. Escudándose en esta necesidad social de la persona humana, buscamos encajar en un grupo social, ya sean amigos, familias, colegas… Es una imperiosa necesidad el pertenecer, el tener una identidad en función de los demás, que me aceptan. Esta necesidad nos empuja a coincidir ideológicamente con aquellos que nos rodean, y por ello, difícilmente encontraremos ideas ajenas en una conversación de un grupo de amigos; todos parecen pensar igual.

 


El ser humano depende y necesita de los otros, por eso formamos sociedades.
Fuente: curioseantes.blogspot.com

 

¿Qué pasa cuando uno o varios individuos tienen una mentalidad diferente a la de su grupo? Según Elisabet Noelle-Neuman, se hunden en la espiral del silencio, teoría pronunciada en 1977 (o sea que de nuevo, nada tiene). Esta teoría dice que cuando se detecta una opinión diferente a la del grupo, el emisor de esta opinión es silenciado por medio del aislamiento, la burla y el abuso. Nada importa en este caso la verdad o la aportación de evidencias o argumentaciones sólidas, aquel que piensa diferente no es parte del grupo. La consecuencia lógica, desde nuestra naturaleza gregaria, es comprometernos con las ideas que gozan de consenso general, y acallar aquellas que no vayan con la opinión generalizada del grupo. Se cae, como ya se dijo, en la espiral del silencio: prefiero callar mi opinión a ser un paria.

Todo esto viene a colación con el caso de Ocaña porque, mediático como es el caso, es pertinente hacerle un análisis desde la teoría de la opinión pública. Desde que sucedió el evento, Twitter se inundó de fotografías, videos y opiniones de gente que, sin haber estado en la escena de los hechos, tenía ya una fuerte opinión sobre lo sucedido. Aprovecho este momento para decir abiertamente que nada sé del caso, más que aquello que he leído y escuchado en esta última semana. No sé si iba drogado, no sé si poseía un arma, no sé si fue atacado o fue un accidente. Con certeza, al menos, no lo sé. Sin embargo, lo que he visto a lo largo de esta semana es que hay mucha gente, demasiada a mi parecer, que parecen sí saberlo, y repito, por lo que leyeron y escucharon. Según las teorías de la opinión pública, los medios son los responsables de moldear la opinión pública, no el público, aunque parezca paradójico. Nosotros como receptores de los medios tenemos una responsabilidad, recibir la información y hacerla propia, o al menos así lo ha sido en la época de oro de los medios masivos de comunicación.

Las redes sociales y la cultura digital abrieron esta brecha unidireccional del emisor que manda el mensaje y el receptor que solo lo recibe. Ahora somos nosotros, el público antes pasivo, quienes podemos emitir mensajes y ser leídos y escuchados en prácticamente todo el planeta. Uno pensaría que esto abre las posibilidades para terminar con el control de los medios sobre la opinión pública, pero ciertamente no es así. regresamos siempre a las mismas dinámicas sociales, a la humillación de las opiniones diferentes, al repetir los mismos discursos, solo que ahora con nosotros como emisores. Las opiniones y análisis del público general sobre el caso Ocaña se hayan completamente empapadas de rumores y prejuicios. Hay quienes defienden al actor y atacan a la policía, porque el personaje de Benito Rivers ganó su corazón hace años. Hay quienes atacan al actor y defienden a la policía porque seguramente iba drogado, y malas cosas les pasan a las personas malas.

 

La opinión pública tradicional da la impresión del poder individual de los ciudadanos; nada más alejado de la realidad.
Fuente: elmontonero.pe

 

Esta polarización de opiniones también tiene que ver con nuestra formación política, desde la más tierna infancia. En vez de leer a Platón, a Santo Tomás, o a Hobbes, solemos educarnos en política con los medios masivos, específicamente con las novelas. No estoy diciendo que ver telenovelas sea malo, lo que sí lo es, es precisamente creer que el mundo s como nos lo muestran las televisoras. Esta idea melodramática de la víctima, el villano, el héroe, y demás personajes unidimensionales nos hace creer que si actúas mal, te irá mal al final, y que si eres recto y bueno, al final recibirás tu recompensa. Por lo tanto, siguiendo este razonamiento, si Ocaña aparece en un video esnifando cocaína… seguramente andaba en malos pasos y él mismo se ganó su muerte violenta. Por cierto, cualquiera que estudie los procesos de la comunicación y el discurso sabe que un video apareciendo desde una fuente anónima para manchar la imagen de una víctima (en este caso de accidente u homicidio, no lo sabemos) y sesgar la opinión pública hacia un lado se llama propaganda negra, y es un mecanismo viejísimo de manipulación de masas.

Este es apenas un caso de tantísimos que vemos día a día, y que de tanta saturación, dejamos de lado, en una insensibilidad alarmante, pero que pocos abordan como el tema de la semana. De dónde procede nuestra opinión, cuál es el procedimiento que realizamos para enjuiciar, o cómo concluimos una u otra cosa, en temas de política y convivencia humana, son temas que deberíamos cuestionarnos todos los días, en vez de solamente tomar por cierto lo que alguien con un micrófono nos diga, tenga el soporte de una compañía multinacional o de solo algunos cientos de seguidores. Una vez más, y ahora más que nunca, apelo al juicio crítico. Fuera de él, o somos más que una masa homogénea sin opinión ni voz. Por cierto, el título de este texto está cargado de ironía… porque el luto que se vivió en días pasados no fue por Octavio Ocaña, fue por Benito Rivers, una creación de los medios.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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