Nuestro mundo representado, por Eduardo Celaya Díaz



Fuente: diariodesevilla.es

Eduardo Celaya 01/07/2021   04:49 p. m. Opinion-






Que coman pasteles

 

Hace un par de días se viralizó un video de una brillante y elocuente señorita exponiendo argumentos estructurados de forma concisa, clara y sin fallas sobre por qué no hay sobrepoblación en el mundo (sarcasmo, mucho). Fue tal el tamaño de la metida de pata de la ilustre argumentadora, que es el meme de la semana, mostrando no solo la poca luz de la mencionada persona, sino un asunto que en años recientes ha sido tema de discusión, aunque a mi parecer, de poca comprensión por aquellos a quienes está dirigido el mensaje: el privilegio.




Llegándose a confundir muchas veces con clasismo, racismo, discurso cuasi izquierdoso o incluso lema de campaña politiquera, el privilegio es un problema social mucho más complejo, pues involucra la historia de vida de quien observa, en contraste de la vida de quien escucha, llevando a una falsa lucha de clases y a un conflicto ideológico donde no existe nada de ello. Se trata solo de una visión extremadamente parcial de la realidad. Hablar desde el privilegio involucra no solo observar y hablar desde una posición sesgada, sino muchas veces, juzgar a quien no forma parte de ese concepto de mundo que nosotros tenemos, y quien, por obvias razones, no se desarrolla de la manera esperada por nosotros ante ciertas circunstancias.

Como seres corpóreos que somos, estamos sujetos a las capacidades orgánicas de nuestros receptores para poder captar, entender e interpretar la realidad. Es decir, ya que nuestros ojos tienen células para captar tres colores (rojo, verde y azul) y sus combinaciones, podemos ver y entender una amplia gama de matices en la naturaleza, en la realidad. Sin embargo, ya que no tenemos la misma capacidad que otros seres vivos, pues solamente tenemos órganos sensoriales para esos tres colores, nos perdemos de una infinita cantidad de matices, los cuales hemos dado por colocar en las categorías de infrarrojos o ultravioletas. Lo mismo pasa con el oído, con el gusto, con la capacidad de sentir frío o calor. Como habitamos un cuerpo, estamos limitados por ese mismo cuerpo para comprender la realidad… el problema es que creemos que esa realidad que experimentamos es lo único que hay, porque después de todo, somos el centro del Universo, ¿o no?

 

Modelo ptolemáico, según el cual, la Tierra es el centro del Universo, con los cuerpos celestes girando alrededor.
Fuente: biologos.org

 

Pues lo mismo pasa con nuestra percepción cultural. No dependemos para ello de nuestros órganos sensoriales, sino de las ideas que nos fueron inculcadas, ya sea voluntaria o involuntariamente. Crecer en una época histórica o en otra, en un continente u otro, en un país o en otro… en una colonia o en otra. Tener teléfono celular desde pequeños, tarjeta de crédito y educación privada es totalmente diferente a tener que aprender a moverse en metro o camión desde los 7 años. Las experiencias nos van formando, por más que seamos parte de la misma nación, estudiemos la misma historia, comamos la misma comida… o incluso que tengamos los mismos padres. Esta formación, o en ocasiones, deformación, es la que construye nuestro concepto del mundo, del que conocemos. Hasta aquí todo bien, pues es inevitable ser humano sin ser cultural, es parte de nuestra misma naturaleza hacer cultura, idioma, lenguaje, artefactos, signos… en donde la cosa se pone complicada es cuando creemos que ese mundo el cual parece que entendemos en su totalidad, es el único que existe.

Regresando al ejemplo de la brillante interlocutora que decía que no hay sobrepoblación, porque a su lado no había nadie pegado (estaba sentada cómodamente en un escritorio al interior de su casa), y que fácilmente cabían 5 ó 7 personas más, no me extrañaría que si le muestran una fotografía del metro Pantitlán en hora pico, sugiera, desde la inocencia de su privilegio, que los viajantes tomen un Uber… En verdad no me sorprendería ni un poco. El privilegio es sumamente peligroso, es como si fuera una enfermedad no diagnosticada, que mientras no sepamos que está ahí, va empañando nuestras córneas hasta dejarnos apenas un pequeño hueco por donde ver el mundo, sin saber que hemos perdido campo de visión. Pasaríamos toda nuestra vida con apenas un mínimo atisbo de lo que está allá afuera, asumiendo que conocemos todo, y peor aún si tenemos maestros que sufren de la misma condición, y nos enseñan que ese es el mundo. Preocupante, ¿verdad?

Lo más trágico, me parece, sobre el tema del privilegio, es que ha caído en un discurso de lucha de clases, como mencioné más arriba. Es quejarnos de los ricos porque no saben cuánto sufrimos los pobres (nótese que escribo este texto desde mi propia casa, en mi computadora, con internet, comida, vestido y educación). El problema del privilegio va mucho más allá: posición social, educación, nacionalidad, cultura, sexo, género, orientación sexual, capacidades físicas o intelectuales, gustos, aficiones, creencias, ideologías… Todo, absolutamente todo dentro de la esfera de lo humano es propenso a ser contagiado por el privilegio, que puede llevar a un juicio injusto del otro, o de sus acciones, porque no son lo que yo espero que haga, no es lo que yo haría en su caso, no es como pensaría, no es lo que me ha pasado (y creo, ingenuamente, que jamás me pasará).

 

Fotograma tomado en andenes del Metro de la Ciudad de México, estación Pantitlán, en hora pico.
Fuente: youtube.com

 

¿Cuál es la solución para el privilegio? La empatía, una herramienta que tenemos precargada en nuestro sistema nervioso central, pero que somos necios para ahogar, al catalogar a los demás como el otro, el extraño, el ajeno, el que no pertenece porque no piensa como yo. A fin de cuentas, es consecuencia de la pereza mental que evita que nos demos cuenta que nuestros ojos se oscurecen, porque no queremos reconocer que el otro existe y, además, que tiene derecho de existir. Curiosamente esta empatía puede acrecentarse, si son bien encaminados, por medio de los estudios sociales, pues nos muestran no cómo nos gustaría que fuera la humanidad, sino cómo es y ha sido a lo largo del tiempo.

Hace algunos siglos, para avivar la llama de la llamada Revolución Francesa, se esparció el rumor de que María Antonieta, al informársele que el pueblo no tenía pan para comer, sugirió que entonces comieran pasteles. Hoy sabemos que este mito es una total falsedad, creada para manchar la imagen de la reina (que ojo, tampoco era una santa). ¿No será que el pueblo que esparció este rumor habló desde su privilegio de ser mayoría, para destruir la reputación de un individuo? ¿No será que nosotros mismos, día a día, palabra a palabra, en cada observación, interpretación y juicio que hacemos… hablamos desde el privilegio?

 

Recomendación: Un texto que explora de forma muy interesante los contrastes en una misma sociedad, justificados por la idea de la riqueza, la modernidad y el avance de la humanidad es La pobreza del progreso, de Bradford Burns. Título paradójico, pero una lectura muy recomendable y fácil de conseguir, si queremos abrir los ojos a los mundos de los que no formamos parte.



Eduardo Celaya

Comunicólogo e historiador que ha incursionado también en el mundo del teatro y la dramaturgia. Interesado por las construcciones de signos y las representaciones de la realidad en la vida cotidiana. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos de análisis e históricos.

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